Qué obscena, tu mirada. Qué obscenos tus labios rojos sobre el cigarro agonizante, y qué obsceno el kimono de geisha, entreabierto -tu desnudez-. Qué obscenos tus pies inquietos apoyados sobre el lavabo. Terriblemente obsceno el techo del baño desconchándose tras el humo, y los ojos cerrados suavemente, entre tanta obscenidad, tras la música para masturbarte. Obscenamente grande la copa de vino y el calor de esta noche -tinto, tinto como los ríos de miseria que te recorren como meridianos, de arriba abajo-. Obscena la oscuridad y la soledad -como un manto que arropa-. Obscena la mirada que penetra en mí, que me devuelve el espejo y me interroga sin piedad. Qué obscena y qué ridícula en la inmensidad de preguntas sin respuesta y en la vastedad de tu cuerpo sin dueño, disolviéndose, evaporándose, escapando por las rendijas de la ventana del baño. Qué triste y bonita está, la noche.
Relatos de indiferencia.
Para dejar constancia de pequeños momentos de éxtasis.
25 enero, 2018
03 diciembre, 2016
Cuadratura
Tras la lluvia esta noche he renacido, o algo se ha avivado en mi interior, una necesidad candente. Bajo el frío. En la soledad de las calles cuando llueve y ya es invierno, o casi. Me vuelvo a sorprender a mí misma. En el bucle de subir y bajar de mi pecho a cada respiración, en el humo entrando y saliendo. En el mareo de andar sin rumbo, con los dedos congelados y los labios ardiendo. Siempre ardiendo. Me sorprende el sábado en la quietud de un domingo ficticio y casi tangible. Me sorprende que los callejones me acompañen en la quietud y la calma, lo disociado de mi ser a veces, aunque siempre en la misma canción.
Sacar a pasear el alma, casi desnuda, sin pudor. Como si su negrura perdiera importancia en la penumbra de las calles y se hiciera difusa en el vaho ante mi cara. Como si no pudieran verse las heridas ulceradas, sangrantes, abiertas, en carne viva a la luz de las farolas y en el reflejo del suelo mojado bajo mis pies.
Silencio. Silencio que me taladra. Que nada más puede romper, acaso algún coche al pasar por mi lado fugazmente. Que casi se sobrepone al susurro de Mark Knopfler.
Resbalar, deslizarme en la noche, paseando también la tristeza, grabada a fuego al fondo de los ojos, en la punta de la lengua, en la comisura de los labios. La tristeza que envuelve mi corazón y mis pulmones. Que da forma a mis palabras esforzadas, acantonadas en mi interior. La tristeza que se va transformando en paz y casi felicidad a medida que me voy perdiendo entre las calles y me hago insignificante, casi invisible. Casi tranquila. Casi.
Y al rato siguiente todo se desvanece y vuelvo a ser casi una sola persona. Casi. Casi un solo ser, compacto y sereno. Y la tristeza y la calma y el humo y el vaho y el frío de la noche y la negrura de mi alma... todo vuelve a mi interior, como si nunca hubiera tenido la valentía de salir. Como si no hubiera necesidad alguna de airear de vez en cuando el caos que nos conforma.
06 junio, 2016
Feelings
Hoy he despertado siendo la incertidumbre. Hoy soy el miedo al futuro, la necesidad de arriesgar el pasado. Hoy tengo pintado en la frente todo lo que repele hacer y ser, lo contrario a la calma, la bendita maravillosa inercia. Hoy, no sé por qué, me he despertado siendo un abismo como brecha entre presente y futuro. Hoy soy vértigo, todo lo que te gusta pero no te atreves a tocar, por miedo a que el camino que pretendes hacer a base de quitar nuevos zarzales se te haga grande, pesado, infinito. Soy, cómo decirlo, innecesaria hoy, un camino árido que es mejor evitar. Hoy me siento un incierto quizás, una nube de sombra en la maravillosa delicia del terreno conocido, del sol de siempre, Hoy me siento nueva, y me siento terriblemente mal por sentirme una utopía. Así que callo, sonrío y prosigo mi propio camino soleado. Hoy, hoy, hoy. Y a ver mañana. Hoy soy un brillo que se apaga de un seco portazo, que es mejor hundir a lo profundo del subconsciente y olvidar para siempre. Hoy me siento perdida, supongo.
10 mayo, 2016
Un jueves cualquiera
Me salgo al balcón, me enciendo el cigarro y comienzo a ver a la gente pasar por la calle. Atarcede. Me siento, miro al cielo. Quizás debería llorar. Pero no me apetece. Quizás debería curarme las heridas, pero me siento incapaz. Quizás debería dejar de escribir enrevesado, pero no sé; o asumir lo que me desgarra, pero la rabia no me deja. Quizás debería ponerme a estudiar y dejarlo todo correr, pero no tengo ganas de ignorar esta tormenta pasiva. Nothing's gonna hurt yiu, baby, me repito. Tal vez lo que tengo que hacer es dejar de autodestruirme, pero eso dolería más aún. Y tampoco sabría cómo. Para qué engañarnos. Vuelvo a pensar que debería llorar... pero me siento tan vacía, tan bien camuflada en la oscuridad que va cayendo y haciéndose noche... Llorar, ¿para qué? Me basta con el insomnio, no hay nada que limpiar en mi interior. Sólo el peso de la apatía, como plomo, que me aisla, que me envuelve, que me mece en la soledad que tanto me gusta y me agobia.Que está claro que no sé ser otra cosa que ojos tristes conmigo -para mí, me, conmigo-. ¿Para qué ser más, si es hora de ser sincera?
09 enero, 2016
Noches
En honor a tu ausencia me paseo por el borde de los abismos. Y en honor a la mía, a mi propia alma vagabunda, me dejo ir en el vaivén del viento álgido y nocturno entre mi nuca y mi cara.
Siempre te he buscado en los rincones más oscuros y recónditos de la conciencia. Incluso en el humo de este cigarro vislumbro tu sombra, hasta en este frío glaciar se dibujan tus dedos sobre mis labios.
Tú, interlocutor mayoremente callado de mis delirios, a quien siempre hablo cuando se me hace un nudo irrompible en la garganta, a quien siempre busco en la oscuridad, es a ti a quien derramo palabras que arden. Tú, inamovible en la punta de mi lengua -en el vértice mismo de mis deseos-. Es tu presencia la que imploro, es tu susurro en el silencio doloroso.
Tú, y a veces yo. A veces es sólo a mí a quien quiero al fondo de mi tristeza más profunda. Y aún así escucho tu nombre.
Clavado a fuego, en el débil -vano- titilar de las estrellas, de los faros de los coches al pasar por mi lado, en la belleza inherente a los ínfimos jadeos que se escapan cuando no queda aire, cuando no logra entrar.
04 enero, 2016
Respirar.
Hoy es un día especial. Y todo porque tengo los labios quemados en vez de cortados, aunque sangrantes de igual manera al sonreír de medio lado. Veo los árboles balancearse, mecerse, estremecerse bajo un cielo negro que amenaza con una lluvia muy deseada, una lluvia que espero desnuda en el balcón, liada en una cortina traslúcida, mientras mis labios, siempre extraños, rojos de pasión que palpita bajo la piel, permanecen sellados en el continuo murmullo del viento tratando de decirme algo, algo que ya sé de sobra y quizás no comprendo.
Las primeras gotas caen y yo, estremecida pero contenta, asumo que hoy no estoy para nadie. Se van dibujando ríos en mi espalda, desnuda, agua temblorosa que se desliza entre los huecos de mis escápulas. Acarician mis labios, me cierran los párpados.
Déjame ser, fundida en el gris del día, en el frío cortante del aire en mi pelo, en mis piernas, déjame ser en la soledad de este instante.
Respirar. ¿Para qué más?
Las nubes se alejan de este rincón, se van despacio. Me quedo a solas con este caos, con esta miseria que tanto amo, con este desastre que palpita.
21 octubre, 2015
Desidia
Amanece un día cualquiera. El frío matinal, escalofríos. El calor del mediodía. El frescor de la tarde. La piel grita, grita sin piedad lo que siente, se amorata, se encabrita, se torna dulce y suave. Y ella, frente al espejo, sabe que debería, al igual que hace su piel, sentir y expresar. Se acaricia las piernas, se mira lentamente, los recovecos bajo el encaje del sujetador, bajo la goma de las bragas. Sus dedos largos, deslizándose, habla con su piel, comunicándose con ella. La penumbra siempre es un extraño escenario para la desidia. La ausencia de cualquier sentimiento excepto desidia. Un día cualquiera, un momento cualquiera, y anestesia. La extrañeza frente al espejo, la laxitud del alma. Un vacío en el pecho para el lugar que deberían ocupar el odio y el miedo, el amor. La conciencia de vacío siempre es cruel. Y, examinándose en el espejo, extrañeza. ¿Por qué hoy? ¿Por qué ahora?
07 abril, 2015
Desierto
Es extraño darse cuenta de que el miedo, el terrible temor, procede del temblor del espejo. Reflejo, silueta callada. Un encuentro inesperado, mi sombra. Y por un momento, terror. Y al siguiente, rareza en la punta de los dedos, de las pestañas, me siento rara en los labios, en los pies, en la mueca silenciosa. Y, ya para acabar... el miedo se desvanece, la extrañeza pasa a segundo plano. Es culpa del viento, del viento helado, nocturno, que me mece, me acompaña, me frena; que me enreda sin piedad. Y ya no sé nada. Sólo me dejo llevar. Y cierro los ojos, para no ver mi contorno en los reflejos de cualquier espejo o cristal, escaparate. Y ese momento es un desierto, un infinito ir por arena caliente sin oasis, ni espejismos... Y mi venir es de nuevo el miedo, acompañado de las ganas, que son un escalofrío inexplicable. Me gusta, me vuelvo adicta al frío en la nuca, a la media sonrisa, a los ojos tristes y callados, porque es una forma de plenitud, en la noche anhelante. Frenada, arropada por el viento en un rodar largo. Hacia ninguna parte.
23 marzo, 2015
Fortuito
El problema es cuando uno es adicto a estrellarse; cuando el miedo al error y la adicción al caos se mezclan desafiando a la termodinámica. Y surge la desgracia de no saber cuándo parar de hacer las cosas mal, de desear cosas 'erróneas' -según lógica imperante- y de tener el subconsciente siempre metido en líos. De desear siempre tu sombra callada en mi camino. Porque resulta que podría ser la silueta de cualquiera, pero eres tú. De espaldas, en compañía de a saber quién. Serena, ajena a mi mirada -mi taquicardia-, a la locura de mis pensamientos a mil por hora mientras asumo que eres tú a quien veo, sentada. Tu pelo.
El problema es que debería dejar de mirarte y seguir andando -llevo prisa-. No puedo. El extraño mundo deja de girar y a ver quién lo arranca. Intuyo tu nariz. Tu felicidad airada. Es culpa del tiempo y la distancia que no saben arreglar nada. Tú, que con la sonrisa que imagino me susurras 'Tengo algunos problemas preparados para ti'. Y yo, que no me resisto a los días grises enredados en las sábanas de tu ático, que no soy capaz de alejarme del olor a café y de tus pies fríos.
'Nunca confíes en mí', y cuánta razón, bella. No necesito confianza, sólo que me líes una vez más. Y otra, y otra, y otra... Y sigo andando, ya nos veremos.
'Nunca confíes en mí', y cuánta razón, bella. No necesito confianza, sólo que me líes una vez más. Y otra, y otra, y otra... Y sigo andando, ya nos veremos.
04 marzo, 2015
A veces.
Y a veces, cuando me aprietas, ¿sabes?, no puedo respirar. ¿Y qué hago con el mundo?, si en ese mismo instante se destruye cada momento de existencia en que no estás, cada ápice de cordura. Se me oprime el alma y todo es aridez. Desnudez. Y todo es ausencia, ¿sabes? Que podría implosionar, con todas estas ganas. Y yo pienso, y todo es tortura. Tus dedos invisibles me rozan, me aniquilas en el primer asalto. ¿Dónde está el aire? En el zenit, en la dimensión en que tu sonrisa me mantenía aparte. Y, soledad, que yo la quiero y me tortura, me habla de ti, de nuestras ganas de nada, el brillo de tus ojos en la penumbra. El ambiente cargado, las estrellas a través de la ventana, la paz vacía.
Y a veces, de noche, noto la presión del halo de tu existencia -de tu ausencia-, presionando mi pecho, se me corta el sentido y la respiración. Me vuelvo loco, ¿sabes? Tu pelo, tu sonrisa lejana. Me enloquece pensar en el viento que te roza, mientras, perdida, feliz, no eres capaz de acordarte de mí. Si quizás me llamas olvido, y yo me llamo círculo, bucle, espiral, de ti, siempre de ti. ¿Y qué hago con el mundo, entonces, si mis dedos se mueren por tu piel, que a la vez es ácido y condena? Y llámame miseria, si aún admiro tu melena enredada, si no soy capaz de alejarte del brillo de mis ojos. De esa luz opaca que cubre mi alma y siempre, siempre acaba en ti. Cada recoveco de la ciudad te pertenece, y yo, acompañado de otras, musas que acaricio y quiero a ratos, rozo las esquinas, tratando de encontrarte mientras que, de la mano de cualquiera, me dirijo a un escondite, en el que, sin lugar a dudas, no podré escapar de ti.
Y a veces, cuando me ahogas, cuando tiras de la cuerda y el aire no entra, ni sale, yo sé que eres tú quien me asfixia, bajo el nombre de Nostalgia, bajo el nombre de Tristeza, de Oscuridad, de Felicidad, incluso. Y tiras sin piedad, y yo lo sé, y te deseo más que nunca. Y podría, sin duda, gritarte todo lo que te quiero, inútilmente, mientras tu sonrisa vacía sigue su curso, bruto, sin mirar a nadie. Y yo sabré que me quieres, y que me odias, y que a veces yo también te odio. 'Libérame', gritaré, pero en realidad sólo querré decir 'Aprieta más'.
Y, por supuesto, tú seguirás apretando, como a veces haces, como a veces deseo, como quizás te apriete yo cuando te encuentre en los recónditos lugares de la memoria, cuando te mire y te diga que somos eternos.
21 febrero, 2015
Vacío.
Tumbada, boca abajo, junto a su amante jadeante, sintió el peso del fin del éxtasis. Primero lo notó helado en la punta del pie derecho, como un soplo ligero. A ráfagas, el frío fue ascendiendo por sus piernas desnudas, por su cuerpo abandonado a la deriva, se coló por su garganta y le paralizó la lengua, subió a sus ojos y le congeló las lágrimas en la carúncula, recorrió su columna de vuelta y la hizo temblar. El terrible peso del silencio cuando las ganas se apagan y el horizonte va cayendo en el ocaso como en un agujero negro. Y ella, paralizada junto a su amante, sintió el peso del vacío, la presión -nada que decir, nada que hacer- del universo sin tiempo, la eternidad cuando la carencia es el todo y la cama es refugio si el alma se escapa.
Y, tumbada de espaldas al mundo -que seguía cayendo-, temblada de vértigo, sin saber qué hacer con el universo detenido en el tiempo -sin acordarse de respirar-, con el límite del fin a los pies de la cama. Caos, siempre caos -y vacío-.
02 diciembre, 2014
Embriaguez.
Ensimismado, enajenado de su propio caos, contemplaba las pocas estrellas que titilaban -aunque más bien parecían agonizar- y resaltaban en la oscuridad absoluta en la que estaba sumido. 'Es extraño, pensaba, cómo podemos quedarnos atrapados en un instante insignificante, o en una coalición de muchos que, de algún modo u otro han logrado rompernos el alma. Y no podemos explicar cómo ni por qué, pero ahí estamos, perdidos, enamorados de un instante etéreo, pasado e incongruente. Amamos locamente algo que rompe la unidad de nuestro ser, la integridad del espíritu, y nuestra vida sigue adelante, mientras fruncimos el ceño, concentrados en lidiar con la realidad, a sabiendas de que nuestro yo sigue aislado, perdido en el instante en que ella decidió mirarnos, en que ella fue capaz de tocarnos, en que ella lloró y se mostró desnuda, momentos que ella posiblemente haya olvidado ya, pero que a nosotros nos enloquece. Temblamos de impotencia y rabia por no poder ser quien fuimos y reaccionar a tiempo de manera adecuada. Temblamos porque ahora estamos empequeñecidos y helados, recordando que una vez supimos arder -y consumirnos-. Y en el bucle de la melancolía que nos embriaga nos perdemos, y nos dejamos ir mientras el presente se nos escapa. En el epicentro del caos nos amarramos a una verdad que se deshace al tocarla. Y caemos al abismo de sus ojos, de su olor en los recodos más inesperados. Nos deslizamos cuesta abajo recogiendo los pedazos de lo que creímos que ella era. Y al final -por supuesto- nos estrellamos en el vacío. Nos damos cuenta de que nuestros pulmones, nuestro corazón, todo permanece ingrávido y sordo -incluso la botella que nos acompaña esta noche se ha quedado muda-. Y volvemos -cómo podríamos no hacerlo- a preguntarnos hacia donde es adelante, y qué es eso que tiembla y se desgarra bajo nuestra piel.'
Y así nos va.
18 abril, 2014
París camuflado en los recovecos.
No recordaba cuánto me gusta el francés. Supongo que lo olvidé a medias contigo, con tu recuerdo; en definitiva olvidé el francés entre tus labios, susurrando a la hora feliz de ir a la cama junto a mi pelo, tus manos enredadas en él. Me olvidé de Édith Piaf, no quise saber más de sus París y sus 'Usted está en todos lados'. ¿Para qué más agonía? Suficiente, suficiente, quiero creer.
Compra-venta.
La realidad utópica del mercado de las personas taradas. Mercado negro y avaricioso; véndete lo mejor que puedas ocultando tus defectos de fábrica. Que los bellos ojos y las sonrisas afables no te engañen, en este mercado todos son muñecos ya rotos, muchos oxidados, y otros tantos congelados o derretidos dentro del plástico de sus pieles, quizás enloquecidos por algún cortocircuito de su sistema libidinal. Las nubes cubren cada día la ciudad, gritando 'soledad' sin piedad. Un mundo feliz bajo el que subyace un intrincado laberinto de cloacas y depuradoras. Ojos tristes, sonrisas neuróticas. Ponte parches y resguárdate de la lluvia ácida.
12 marzo, 2014
Microrrelato de miércoles.
Destrozaba tu recuerdo durante el día, bajo el peso de mil caricias ajenas, para reconstruirlo de nuevo cada noche con trocitos de viento helado que se iba dejando la noche olvidados en mi ventana. Los iba uniendo con suspiros muy prietos, no se me fuera a escapar la tristeza.
02 marzo, 2014
Bestias.
Y así, sinuosas, vuelven las bestias a la sombra, a su mundo oculto entre la oscuridad más perversa (donde nadie querría encontrarlas). Vuelven allí porque no comprenden la piedad. Son crueles y, ¿qué hay de malo en ello? Están carentes de hipocresía. Todos los defectos sobre el rostro, todo perdido en la penumbra. No conocen el punto medio ni la mediocridad, sólo excesos y noches en calma. Escalofriante silencio. Que no, que no devoran personas, sólo almas. Sólo a ratos y a ganas.
Las bestias de vez en cuando sonríen entre la maleza, y dejan entrever el brillo de sus grandes y tortuosos ojos. Desnudas caminan confundidas en la niebla, pareciendo perdidas pero trazando círculos perfectos. Nada importa más a una bestia que la propia bestia en relación con el equilibrio de su existencia, pues no hay nada más peligroso para una bestia que la propia bestia enloquecida.
Las bestias de vez en cuando sonríen entre la maleza, y dejan entrever el brillo de sus grandes y tortuosos ojos. Desnudas caminan confundidas en la niebla, pareciendo perdidas pero trazando círculos perfectos. Nada importa más a una bestia que la propia bestia en relación con el equilibrio de su existencia, pues no hay nada más peligroso para una bestia que la propia bestia enloquecida.
'Sólo va a encontrar cerrojos, y las cicatrices de la soledad'.
25 febrero, 2014
Adiós, Paz.
Tiemblo. Tiemblo pero no soy capaz de cerrar la ventana. Nunca voy a recuperarla. Pálido, con los labios sangrantes quebrados en una mueca trato de asumirlo una vez más. Añado caos al caos y me pregunto dónde estará, en qué brazos dormitará ahora (cálida y sonriente), qué calles inundará (sólo un momento, un minuto, como una brisa) de calma.
Sin despedirse, sin dejar más que un cuaderno lleno de garabatos que yo mismo había escrito ya a medias abierto sobre la mesa del salón. Era de noche cuando se marchó, lo recuerdo. Por el insomnio. Insomnio eterno en una habitación de silencio pesado.
Sin más. Paz, te vas y me abandonas. No sé dónde buscarte, no sé si te encontraré perdida y sola en cualquier esquina, no sé si te encontraré en el mirador más recóndito de la ciudad mirando al infinito, a la puesta de sol. 'Hermosa y pálida'. Así estarás, como siempre, Paz. Aunque no te encuentre. Así te sueño.
Los demonios ya no me dejan dormir, ya no me dejan ser ni estar. La vida sin ti es caos. Sé que nunca te voy a recuperar. Los hechos se acumulan sin sentido, unos sobre otros, sin orden ni coherencia. Y aun así sé que debo buscarte. Visitaré todos los lugares, todas las pieles y nombres que me sean posibles, Paz, aunque tú no estarás en ninguno de ellos. Y lo sé, y aun así llegaré hasta el infierno mismo para encontrarte. ¿Qué de mí sin ti, terrible utopía?
La ventana abierta, y tras ella la ciudad dormida, iluminada la calle apenas por tímidas farolas. Tiemblo. En algún lugar de este universo tienes que estar. Y casi me lo creo.
La ventana cerrada, la habitación en terrible y sucia penumbra. En algún lado tendrás que estar, miserable. Con la certeza de la derrota previa a la batalla y a la guerra me vuelvo a la cama. A recordar tu leve aroma, tu breve existencia dentro de mi alma. Miserable.
13 febrero, 2014
Penumbra.
Tus contornos junto al balcón se volvían de porcelana, no sé si sería tu propia fragilidad, esa que hace que tiemble, o sería el azaroso sol sobre ti -posándose, poco a poco, sobre tus curvas de mujer, teniéndote entre sus rayos nacientes como yo te tuve durante la noche entre mis dedos-.
Tu sonrisa amanecía inquebrantable entre las cortinas del balcón, tu sonrisa en contraste con tu palidez, con tu etéreo ser, tu sonrisa moribunda tras el humo del tabaco. Tu sonrisa camuflada en las sombras de la habitación de un hotel cualquiera. Y al otro lado de la ventana, del balcón, la realidad era apenas un punto al fondo de mi conciencia. Nos dejaba jugar a ser dioses del tiempo, me transformabas en un alma pura incluso cuando mirabas hacia otro lado.
La eterna tristeza que flotaba sobre nosotros... ¿Quiénes seríamos al salir de allí? ¿Cómo podría imaginar tus caderas sin mis manos sobre ellas, sin mi temblor perenne? La terrible certeza de que me quebraría en mil pedazos cuando tus contornos se escapasen fuera de nuestra penumbra más silenciosa. ¿Qué ocurriría cuando mis oídos tuvieran que sobrevivir sin el cercano aleteo del aire atravesando tus labios?
Mi estómago se negaba a creer en el mundo más allá de las noches -cortas, sudorosas- que compartíamos en callada melancolía. ¿Dónde van a parar todos esos instantes? Los rompemos, los vamos quebrando con nuestro amor, con sístoles y diástoles que ponen el tiempo en fuga, con la comisura de tus labios deslizándose sobre la taza del café temprano. Tus dedos apartando la cortina para ver el otro lado del universo.
Si yo ahora te encontrase... Si te encontrase ahora definitivamente te gritaría. Te gritaría detente. No te muevas. No nos quiebres en mil pedazos. No me condenes a vagar eternamente a la búsqueda de la combinación de moléculas del universo que nos devuelva a cualquier minuto de silencio con el vello erizado y las ganas cansadas. No me robes la visión de tus curvas en la penumbra del quebranto que compartíamos.
07 febrero, 2014
Franqueza.
Arrastró aún un poco más su hálito cansado por mi cuello; tortura. Dejó un instante más sus labios marchitos y agonizantes sobre mi vello erizado. Me dejó de un beso un golpe en el estómago, sin poder ni querer respirar. Sus dedos visitaron mis contornos y yo apenas si recordaba cómo parpadear. Su aliento, en nombre de un alma que arde, se deslizaba sobre las dunas de mis vértebras, a la búsqueda de dejarme sin sentido o de hacerme estremecer. Sus labios, que desaparecieron tan rápido de mi horizonte, que se esfumaron tan etéreamente, me dejaron la nada, un escalofrío y mucha y callada noche. Sólo el aleteo de su brisa sobre mi cuello pudo alargar la tortura, el delirio de las ganas sin nombre.
El roce de su sonrisa triste en mi nuca eran todos los sueños comprimidos en un instante, todos los deseos -oscuros, salvajes-. Sus labios arrastrándose por mis dominios son insomnio, diluyen la realidad hasta hacerla ínfima, reducen el sentido de la existencia a la necesidad del agridulce y agónico paso por su infierno. Y cuando logro dormir sueño con morir a los pies de su sonrisa felina, con trepar sobre sus escápulas para luego dejarme caer sin remedio y sin condiciones.
Qué absurdo vivir si no es junto al exterminio implacable de su hálito sobre mi piel encabritada.
02 febrero, 2014
Febrero.
'Es el roce de tus dedos, está clarísimo. Dedos callados, fríos, en mi nuca. Sólo sé eso cuando, ya de noche, me asomo a la ventana y me fumo otro cigarro. Y es que, ¿sabes?, a veces me da por fumarme lo que me queda de ti, de tus besos con sabor a tabaco, del humo de tus pulmones. A veces me da por escribirte cartas mentales, para que, allá donde habite tu conciencia, no me escuches, por supuesto. El silencio es una bendición para las almas. Cuánta miseria ahorramos cuando una sonrisa o una mueca no va seguida de una sarta de palabras, tan bellas e idealistas como inútiles. El idealismo es otro lastre estúpido para el ser, pero eso es otra cuestión. No me escuches, no te enteres de que siento, de que quizás y de vez en cuando existo como ente no etéreo. Es el roce de tus dedos helados casi inertes esto que noto, frágil y delicado, en una madrugada de febrero. Son tus dedos en mi cuello esta ausencia, no hay duda. Son tus ganas huyendo, tus dedos temblando, la noche cerrada. Son mis ojos que titilan levemente. Son tus dedos este estremecimiento mío, este vacío. Que no escuchas, me digo, te hablo de nuevo, sigo fumando.'
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)