Tumbada, boca abajo, junto a su amante jadeante, sintió el peso del fin del éxtasis. Primero lo notó helado en la punta del pie derecho, como un soplo ligero. A ráfagas, el frío fue ascendiendo por sus piernas desnudas, por su cuerpo abandonado a la deriva, se coló por su garganta y le paralizó la lengua, subió a sus ojos y le congeló las lágrimas en la carúncula, recorrió su columna de vuelta y la hizo temblar. El terrible peso del silencio cuando las ganas se apagan y el horizonte va cayendo en el ocaso como en un agujero negro. Y ella, paralizada junto a su amante, sintió el peso del vacío, la presión -nada que decir, nada que hacer- del universo sin tiempo, la eternidad cuando la carencia es el todo y la cama es refugio si el alma se escapa.
Y, tumbada de espaldas al mundo -que seguía cayendo-, temblada de vértigo, sin saber qué hacer con el universo detenido en el tiempo -sin acordarse de respirar-, con el límite del fin a los pies de la cama. Caos, siempre caos -y vacío-.
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