02 diciembre, 2014

Embriaguez.

Ensimismado, enajenado de su propio caos, contemplaba las pocas estrellas que titilaban -aunque más bien parecían agonizar- y resaltaban en la oscuridad absoluta en la que estaba sumido. 'Es extraño, pensaba, cómo podemos quedarnos atrapados en un instante insignificante, o en una coalición de muchos que, de algún modo u otro han logrado rompernos el alma. Y no podemos explicar cómo ni por qué, pero ahí estamos, perdidos, enamorados de un instante etéreo, pasado e incongruente. Amamos locamente algo que rompe la unidad de nuestro ser, la integridad del espíritu, y nuestra vida sigue adelante, mientras fruncimos el ceño, concentrados en lidiar con la realidad, a sabiendas de que nuestro yo sigue aislado, perdido en el instante en que ella decidió mirarnos, en que ella fue capaz de tocarnos, en que ella lloró y se mostró desnuda, momentos que ella posiblemente haya olvidado ya, pero que a nosotros nos enloquece. Temblamos de impotencia y rabia por no poder ser quien fuimos y reaccionar a tiempo de manera adecuada. Temblamos porque ahora estamos empequeñecidos y helados, recordando que una vez supimos arder -y consumirnos-. Y en el bucle de la melancolía que nos embriaga nos perdemos, y nos dejamos ir mientras el presente se nos escapa. En el epicentro del caos nos amarramos a una verdad que se deshace al tocarla. Y caemos al abismo de sus ojos, de su olor en los recodos más inesperados. Nos deslizamos cuesta abajo recogiendo los pedazos de lo que creímos que ella era. Y al final -por supuesto- nos estrellamos en el vacío. Nos damos cuenta de que nuestros pulmones, nuestro corazón, todo permanece ingrávido y sordo -incluso la botella que nos acompaña esta noche se ha quedado muda-. Y volvemos -cómo  podríamos no hacerlo- a preguntarnos hacia donde es adelante, y qué es eso que tiembla y se desgarra bajo nuestra piel.' 
Y así nos va. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario