07 abril, 2015

Desierto


Es extraño darse cuenta de que el miedo, el terrible temor, procede del temblor del espejo. Reflejo, silueta callada. Un encuentro inesperado, mi sombra. Y por un momento, terror. Y al siguiente, rareza en la punta de los dedos, de las pestañas, me siento rara en los labios, en los pies, en la mueca silenciosa. Y, ya para acabar... el miedo se desvanece, la extrañeza pasa a segundo plano. Es culpa del viento, del viento helado, nocturno, que me mece, me acompaña, me frena; que me enreda sin piedad. Y ya no sé nada. Sólo me dejo llevar. Y cierro los ojos, para no ver mi contorno en los reflejos de cualquier espejo o cristal, escaparate. Y ese momento es un desierto, un infinito ir por arena caliente sin oasis, ni espejismos... Y mi venir es de nuevo el miedo, acompañado de las ganas, que son un escalofrío inexplicable. Me gusta, me vuelvo adicta al frío en la nuca, a la media sonrisa, a los ojos tristes y callados, porque es una forma de plenitud, en la noche anhelante. Frenada, arropada por el viento en un rodar largo. Hacia ninguna parte. 

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