'Es el roce de tus dedos, está clarísimo. Dedos callados, fríos, en mi nuca. Sólo sé eso cuando, ya de noche, me asomo a la ventana y me fumo otro cigarro. Y es que, ¿sabes?, a veces me da por fumarme lo que me queda de ti, de tus besos con sabor a tabaco, del humo de tus pulmones. A veces me da por escribirte cartas mentales, para que, allá donde habite tu conciencia, no me escuches, por supuesto. El silencio es una bendición para las almas. Cuánta miseria ahorramos cuando una sonrisa o una mueca no va seguida de una sarta de palabras, tan bellas e idealistas como inútiles. El idealismo es otro lastre estúpido para el ser, pero eso es otra cuestión. No me escuches, no te enteres de que siento, de que quizás y de vez en cuando existo como ente no etéreo. Es el roce de tus dedos helados casi inertes esto que noto, frágil y delicado, en una madrugada de febrero. Son tus dedos en mi cuello esta ausencia, no hay duda. Son tus ganas huyendo, tus dedos temblando, la noche cerrada. Son mis ojos que titilan levemente. Son tus dedos este estremecimiento mío, este vacío. Que no escuchas, me digo, te hablo de nuevo, sigo fumando.'
No hay comentarios:
Publicar un comentario