13 febrero, 2014

Penumbra.

Tus contornos junto al balcón se volvían de porcelana, no sé si sería tu propia fragilidad, esa que hace que tiemble, o sería el azaroso sol sobre ti -posándose, poco a poco, sobre tus curvas de mujer, teniéndote entre sus rayos nacientes como yo te tuve durante la noche entre mis dedos-. 
Tu sonrisa amanecía inquebrantable entre las cortinas del balcón, tu sonrisa en contraste con tu palidez, con tu etéreo ser, tu sonrisa moribunda tras el humo del tabaco. Tu sonrisa camuflada en las sombras de la habitación de un hotel cualquiera. Y al otro lado de la ventana, del balcón, la realidad era apenas un punto al fondo de mi conciencia. Nos dejaba jugar a ser dioses del tiempo, me transformabas en un alma pura incluso cuando mirabas hacia otro lado. 
La eterna tristeza que flotaba sobre nosotros... ¿Quiénes seríamos al salir de allí? ¿Cómo podría imaginar tus caderas sin mis manos sobre ellas, sin mi temblor perenne? La terrible certeza de que me quebraría en mil pedazos cuando tus contornos se escapasen fuera de nuestra penumbra más silenciosa. ¿Qué ocurriría cuando mis oídos tuvieran que sobrevivir sin el cercano aleteo del aire atravesando tus labios? 
Mi estómago se negaba a creer en el mundo más allá de las noches -cortas, sudorosas- que compartíamos en callada melancolía. ¿Dónde van a parar todos esos instantes? Los rompemos, los vamos quebrando con nuestro amor, con sístoles y diástoles que ponen el tiempo en fuga, con la comisura de tus labios deslizándose sobre la taza del café temprano. Tus dedos apartando la cortina para ver el otro lado del universo.
Si yo ahora te encontrase... Si te encontrase ahora definitivamente te gritaría. Te gritaría detente. No te muevas. No nos quiebres en mil pedazos. No me condenes a vagar eternamente a la búsqueda de la combinación de moléculas del universo que nos devuelva a cualquier minuto de silencio con el vello erizado y las ganas cansadas. No me robes la visión de tus curvas en la penumbra del quebranto que compartíamos.

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