Hoy es un día especial. Y todo porque tengo los labios quemados en vez de cortados, aunque sangrantes de igual manera al sonreír de medio lado. Veo los árboles balancearse, mecerse, estremecerse bajo un cielo negro que amenaza con una lluvia muy deseada, una lluvia que espero desnuda en el balcón, liada en una cortina traslúcida, mientras mis labios, siempre extraños, rojos de pasión que palpita bajo la piel, permanecen sellados en el continuo murmullo del viento tratando de decirme algo, algo que ya sé de sobra y quizás no comprendo.
Las primeras gotas caen y yo, estremecida pero contenta, asumo que hoy no estoy para nadie. Se van dibujando ríos en mi espalda, desnuda, agua temblorosa que se desliza entre los huecos de mis escápulas. Acarician mis labios, me cierran los párpados.
Déjame ser, fundida en el gris del día, en el frío cortante del aire en mi pelo, en mis piernas, déjame ser en la soledad de este instante.
Respirar. ¿Para qué más?
Las nubes se alejan de este rincón, se van despacio. Me quedo a solas con este caos, con esta miseria que tanto amo, con este desastre que palpita.
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