02 diciembre, 2014

Embriaguez.

Ensimismado, enajenado de su propio caos, contemplaba las pocas estrellas que titilaban -aunque más bien parecían agonizar- y resaltaban en la oscuridad absoluta en la que estaba sumido. 'Es extraño, pensaba, cómo podemos quedarnos atrapados en un instante insignificante, o en una coalición de muchos que, de algún modo u otro han logrado rompernos el alma. Y no podemos explicar cómo ni por qué, pero ahí estamos, perdidos, enamorados de un instante etéreo, pasado e incongruente. Amamos locamente algo que rompe la unidad de nuestro ser, la integridad del espíritu, y nuestra vida sigue adelante, mientras fruncimos el ceño, concentrados en lidiar con la realidad, a sabiendas de que nuestro yo sigue aislado, perdido en el instante en que ella decidió mirarnos, en que ella fue capaz de tocarnos, en que ella lloró y se mostró desnuda, momentos que ella posiblemente haya olvidado ya, pero que a nosotros nos enloquece. Temblamos de impotencia y rabia por no poder ser quien fuimos y reaccionar a tiempo de manera adecuada. Temblamos porque ahora estamos empequeñecidos y helados, recordando que una vez supimos arder -y consumirnos-. Y en el bucle de la melancolía que nos embriaga nos perdemos, y nos dejamos ir mientras el presente se nos escapa. En el epicentro del caos nos amarramos a una verdad que se deshace al tocarla. Y caemos al abismo de sus ojos, de su olor en los recodos más inesperados. Nos deslizamos cuesta abajo recogiendo los pedazos de lo que creímos que ella era. Y al final -por supuesto- nos estrellamos en el vacío. Nos damos cuenta de que nuestros pulmones, nuestro corazón, todo permanece ingrávido y sordo -incluso la botella que nos acompaña esta noche se ha quedado muda-. Y volvemos -cómo  podríamos no hacerlo- a preguntarnos hacia donde es adelante, y qué es eso que tiembla y se desgarra bajo nuestra piel.' 
Y así nos va. 

18 abril, 2014

París camuflado en los recovecos.

No recordaba cuánto me gusta el francés. Supongo que lo olvidé a medias contigo, con tu recuerdo; en definitiva olvidé el francés entre tus labios, susurrando a la hora feliz de ir a la cama junto a mi pelo, tus manos enredadas en él. Me olvidé de Édith Piaf, no quise saber más de sus París y sus 'Usted está en todos lados'. ¿Para qué más agonía? Suficiente, suficiente, quiero creer.

Compra-venta.

La realidad utópica del mercado de las personas taradas. Mercado negro y avaricioso; véndete lo mejor que puedas ocultando tus defectos de fábrica. Que los bellos ojos y las sonrisas afables no te engañen, en este mercado todos son muñecos ya rotos, muchos oxidados, y otros tantos congelados  o derretidos dentro del plástico de sus pieles, quizás enloquecidos por algún cortocircuito de su sistema libidinal. Las nubes cubren cada día la ciudad, gritando 'soledad' sin piedad. Un mundo feliz bajo el que subyace un intrincado laberinto de cloacas y depuradoras. Ojos tristes, sonrisas neuróticas. Ponte parches y resguárdate de la lluvia ácida. 

12 marzo, 2014

Microrrelato de miércoles.

Destrozaba tu recuerdo durante el día, bajo el peso de mil caricias ajenas, para reconstruirlo de nuevo cada noche con trocitos de viento helado que se iba dejando la noche olvidados en mi ventana. Los iba uniendo con suspiros muy prietos, no se me fuera a escapar la tristeza. 

02 marzo, 2014

Bestias.

Y así, sinuosas, vuelven las bestias a la sombra, a su mundo oculto entre la oscuridad más perversa (donde nadie querría encontrarlas). Vuelven allí porque no comprenden la piedad. Son crueles y, ¿qué hay de malo en ello? Están carentes de hipocresía. Todos los defectos sobre el rostro, todo perdido en la penumbra. No conocen el punto medio ni la mediocridad, sólo excesos y noches en calma. Escalofriante silencio. Que no, que no devoran personas, sólo almas. Sólo a ratos y a ganas.
Las bestias de vez en cuando sonríen entre la maleza, y dejan entrever el brillo de sus grandes y tortuosos ojos. Desnudas caminan confundidas en la niebla, pareciendo perdidas pero trazando círculos perfectos. Nada importa más a una bestia que la propia bestia en relación con el equilibrio de su existencia, pues no hay nada más peligroso para una bestia que la propia bestia enloquecida. 
'Sólo va a encontrar cerrojos, y las cicatrices de la soledad'.

25 febrero, 2014

Adiós, Paz.

Tiemblo. Tiemblo pero no soy capaz de cerrar la ventana. Nunca voy a recuperarla. Pálido, con los labios sangrantes quebrados en una mueca trato de asumirlo una vez más. Añado caos al caos y me pregunto dónde estará, en qué brazos dormitará ahora (cálida y sonriente), qué calles inundará (sólo un momento, un minuto, como una brisa) de calma. 
Sin despedirse, sin dejar más que un cuaderno lleno de garabatos que yo mismo había escrito ya a medias abierto sobre la mesa del salón. Era de noche cuando se marchó, lo recuerdo. Por el insomnio. Insomnio eterno en una habitación de silencio pesado.
Sin más. Paz, te vas y me abandonas. No sé dónde buscarte, no sé si te encontraré perdida y sola en cualquier esquina, no sé si te encontraré en el mirador más recóndito de la ciudad mirando al infinito, a la puesta de sol. 'Hermosa y pálida'. Así estarás, como siempre, Paz. Aunque no te encuentre. Así te sueño.
Los demonios ya no me dejan dormir, ya no me dejan ser ni estar. La vida sin ti es caos. Sé que nunca te voy a recuperar. Los hechos se acumulan sin sentido, unos sobre otros, sin orden ni coherencia. Y aun así sé que debo buscarte. Visitaré todos los lugares, todas las pieles y nombres que me sean posibles, Paz, aunque tú no estarás en ninguno de ellos. Y lo sé, y aun así llegaré hasta el  infierno mismo para encontrarte. ¿Qué de mí sin ti, terrible utopía?
La ventana abierta, y tras ella la ciudad dormida, iluminada la calle apenas por tímidas farolas. Tiemblo. En algún lugar de este universo tienes que estar. Y casi me lo creo. 
La ventana cerrada, la habitación en terrible y sucia penumbra. En algún lado tendrás que estar, miserable. Con la certeza de la derrota previa a la batalla y a la guerra me vuelvo a la cama. A recordar tu leve aroma, tu breve existencia dentro de mi alma. Miserable. 

13 febrero, 2014

Penumbra.

Tus contornos junto al balcón se volvían de porcelana, no sé si sería tu propia fragilidad, esa que hace que tiemble, o sería el azaroso sol sobre ti -posándose, poco a poco, sobre tus curvas de mujer, teniéndote entre sus rayos nacientes como yo te tuve durante la noche entre mis dedos-. 
Tu sonrisa amanecía inquebrantable entre las cortinas del balcón, tu sonrisa en contraste con tu palidez, con tu etéreo ser, tu sonrisa moribunda tras el humo del tabaco. Tu sonrisa camuflada en las sombras de la habitación de un hotel cualquiera. Y al otro lado de la ventana, del balcón, la realidad era apenas un punto al fondo de mi conciencia. Nos dejaba jugar a ser dioses del tiempo, me transformabas en un alma pura incluso cuando mirabas hacia otro lado. 
La eterna tristeza que flotaba sobre nosotros... ¿Quiénes seríamos al salir de allí? ¿Cómo podría imaginar tus caderas sin mis manos sobre ellas, sin mi temblor perenne? La terrible certeza de que me quebraría en mil pedazos cuando tus contornos se escapasen fuera de nuestra penumbra más silenciosa. ¿Qué ocurriría cuando mis oídos tuvieran que sobrevivir sin el cercano aleteo del aire atravesando tus labios? 
Mi estómago se negaba a creer en el mundo más allá de las noches -cortas, sudorosas- que compartíamos en callada melancolía. ¿Dónde van a parar todos esos instantes? Los rompemos, los vamos quebrando con nuestro amor, con sístoles y diástoles que ponen el tiempo en fuga, con la comisura de tus labios deslizándose sobre la taza del café temprano. Tus dedos apartando la cortina para ver el otro lado del universo.
Si yo ahora te encontrase... Si te encontrase ahora definitivamente te gritaría. Te gritaría detente. No te muevas. No nos quiebres en mil pedazos. No me condenes a vagar eternamente a la búsqueda de la combinación de moléculas del universo que nos devuelva a cualquier minuto de silencio con el vello erizado y las ganas cansadas. No me robes la visión de tus curvas en la penumbra del quebranto que compartíamos.

07 febrero, 2014

Franqueza.

Arrastró aún un poco más su hálito cansado por mi cuello; tortura. Dejó un instante más sus labios marchitos y agonizantes sobre mi vello erizado. Me dejó de un beso un golpe en el estómago,  sin poder ni querer respirar. Sus dedos visitaron mis contornos y yo apenas si recordaba cómo parpadear. Su aliento, en nombre de un alma que arde,  se deslizaba sobre las dunas de mis vértebras,  a la búsqueda de dejarme sin sentido o de hacerme estremecer. Sus labios,  que desaparecieron tan rápido de mi horizonte,  que se esfumaron tan etéreamente, me dejaron la nada, un escalofrío y mucha y callada noche. Sólo el aleteo de su brisa sobre mi cuello pudo alargar la tortura,  el delirio de las ganas sin nombre.
El roce de su sonrisa triste en mi nuca eran todos los sueños comprimidos en un instante, todos los deseos -oscuros, salvajes-. Sus labios arrastrándose por mis dominios son insomnio, diluyen la realidad hasta hacerla ínfima, reducen el sentido de la existencia a la necesidad del agridulce y agónico paso por su infierno. Y cuando logro dormir sueño con morir a los pies de su sonrisa felina, con trepar sobre sus escápulas para luego dejarme caer sin remedio y sin condiciones.
Qué absurdo vivir si no es junto al exterminio implacable de su hálito sobre mi piel encabritada. 

02 febrero, 2014

Febrero.

'Es el roce de tus dedos, está clarísimo. Dedos callados, fríos, en mi nuca. Sólo sé eso cuando, ya de noche, me asomo a la ventana y me fumo otro cigarro. Y es que, ¿sabes?, a veces me da por fumarme lo que me queda de ti, de tus besos con sabor a tabaco, del humo de tus pulmones. A veces me da por escribirte cartas mentales, para que, allá donde habite tu conciencia, no me escuches, por supuesto. El silencio es una bendición para las almas. Cuánta miseria ahorramos cuando una sonrisa o una mueca no va seguida de una sarta de palabras, tan bellas e idealistas como inútiles. El idealismo es otro lastre estúpido para el ser, pero eso es otra cuestión. No me escuches, no te enteres de que siento, de que quizás y de vez en cuando existo como ente no etéreo. Es el roce de tus dedos helados casi inertes esto que noto, frágil y delicado, en una madrugada de febrero. Son tus dedos en mi cuello esta ausencia, no hay duda. Son tus ganas huyendo, tus dedos temblando, la noche cerrada. Son mis ojos que titilan levemente. Son tus dedos este estremecimiento mío, este vacío. Que no escuchas, me digo, te hablo de nuevo, sigo fumando.'

02 enero, 2014

Amalgama de confesiones

'Te conocí al borde del abismo. Sin darme cuenta me mordía las uñas, à la recherche du calme perdu, búscandote entre las nubes grises y los días ennegrecidos por el tiempo invernal. Sin saber qué andaba buscando. Para cuando quería darme cuenta me sangraban los dedos y tú te esfumabas, sin yo saber que habías estado, pero sabiendo que te habías ido. No muy lejos, sólo lo suficiente para que tu mirada invisible siguiera atormentándome un poco mientras mi vida se iba deslizando con un tempo desconocido a mi entendimiento de alma que se arrastra sin más. Sin más iba apareciendo el camino bajo mis pies, sobre tu piel, y yo me sorprendía, regocijado, a cada paso, escrutando con los seis sentidos cada centímetro de tu invisible existencia. Así fue como me perdí en tu ser, bordeando el abismo, oliendo el miedo en mi carne por su cercanía y mi debilidad. 
Sin darme cuenta paulatinamente se me volvió imprescindible el tacto de tus caricias de brisa, de nada, que se enredaban con las nubes que yo observaba desde mi cuaderno arrugado. Me preguntaba cada día cómo acaso podría haber vida más allá de tus confines, y de una poderosa voluntad logré darte forma de mujer. En mi cabeza tu invisibilidad se iba tornando maciza, fuiste resistente y fría como mármol, tus ojos caramelo y tu sonrisa triste. Triste, sí, puesto que tus formas eran mero reflejo de mi atormentada imaginación enjaulada en la realidad. Pero te creé lánguida, y tus tardes las pasabas siempre esperando la puesta de sol  y más tarde tu mirada buscaba las estrellas en el cielo (que durante aquel tiempo fue sólo nuestro). Me asfixiaban las horas observándote sin más, pero no podía hacer otra cosa, pues eras a medida de mis sueños. Te soñé magnética, y así me atrapaste, en la cárcel de tus delicias heladas, te creé carcelera de mi marchito espíritu. Cada minuto mi corazón se estrellaba contra los barrotes que sus propios anhelos habían fabricado para él, y así fue ocurriendo mi asesinato; tú distraída estudiando en los recovecos del horizonte y los minutos atropellándose entre sí. 
Te escabulliste sin más, te fuiste donde había luz, y yo ardí, se derritió todo mi frío, me perdí en la soledad en que la propia alma huye lejos. Te amé como buena cosa imposible que fuiste, y tú, como correspondía, ya te encargaste de quebrarme en mil pedazos, otra vez. Y es que ya me conduzco al ralentí, pues las marchas que mi cansado cuerpo solía utilizar están demasiado rotas, el corazón se arrastra suavemente, y tú, fruto de mis delicias y mis delirios, estás muy lejos de aquí, ignorando estas palabras.'