14 julio, 2012

Todo.

Sábanas revueltas. Ambiente cargado, ventanas llenas de vaho. Un poco de luz que iba colándose y haciendo sangrar a la madrugada en reflejos trémulos y grisáceos. Silencio, mucho silencio, que parecía a punto de estallar de tantas caricias, sonrisas y gemidos ahogados de los que había sido cómplice aquella noche. Incluso la Luna, que iba perdiendo brillo con el amanecer, parecía sonrojarse tímidamente mientras se iba a iluminar la noche a otros tantos de amantes.
Con el pelo enredado y la mirada perdida, ella se ovillaba bajo las sábanas, como queriendo hacerse ínfima en aquel conjunto de recuerdos y pasiones, que aún pintaban todas las paredes y se podían acariciar en cada esquina. Sólo se preguntaba por qué tenía que volver a amanecer cada noche, dándole colores mortales a todo lo que había sido eterno durante la madrugada. 
Otra pasión de esas que hacen temblar las piernas para guardar al fondo del cajón. Otro universo que explotaba entre sus dedos sin más.
Suspiró.

07 julio, 2012

Drawing

Se sentía imparable cuando cogía un lápiz. Podía plasmar el mundo con todas sus miserias y sus delicias en los dibujos. Para ella era un arma y una forma de explicar su visión de cada instante sin palabras. Y, si tal visión no la satisfacía, podía inventar cualquier otra mejor. Para escapar. Para soñar, para relajarse y disfrutar de su propio arte. Parte indispensable de su alma.
Todo comenzó cuando se dio cuenta de cómo se le trababan las palabras, y sus sentimientos quedaban enredados en su lengua sin posibilidad de sobrevivir. Quería hacer algo. Quería poder expresar todo lo que llevaba dentro. Y, sacrificando sus horas y sus ojeras, comenzó a hacerse amiga del papel a cada trazo. Cada dibujo requería un amor, un tiempo y una delicadeza especial. Cada dibujo era único y precioso.
Iba acumulando poco a poco partes de su corazón y su vida en forma de paisajes, retratos, bodegones, animales... Los guardaba en carpetas y sonreía cada vez que pensaba en ellos.
Tenía un sitio especial, una especie de estudio cutre y pequeño que se había permitido alquilar en una sucia esquina de la ciudad. Allí iba para calmarse, para dejar constancia de todo lo que tenía clavado entre ceja y ceja. Era un sitio que nadie atracaría precisamente, mohoso y recóndito. Un sitio cualquiera de las enrevesadas callejuelas del centro. Barato, al fin y al cabo.
Un día, grisáceo y mortecino, se hallaba dibujando el cachito de calle que tenía enfrente, cuando una tímida gota cayó sobre el papel. Alzó la mirada al cielo, y se encontró con nubes que parecían a punto de estallar en llanto y pocas ganas de regresar a casa. Guardó la libreta y los lápices en la mochila, y se dejó acariciar un poco por unas leves gotas, que se deslizaban apasionadamente por sus mejillas, por su pelo, por sus labios tornados en sonrisa leve. Inspiró despacio y echó a andar algo cabizbaja. La gente a su alrededor huía, como si el agua estuviera cargado de ácido, y ella, sólo podía caminar cada vez más despacio, deleitándose instante a instante un poquito más. Notaba una risa loca a punto de salir de su garganta. Se contuvo a pesar de encontrarse casi sola vagando por las calles. Dejó que la poesía fluyera por su cuerpo, la embalsamara y la dejara rozando un callado éxtasis.
Instintivamente, había llegado al portal donde se encontraba su pequeño y húmedo estudio. Entró. Con una mezcla de temor y placer. ¿Se habrían calado las paredes? Tuvo un escalofrío mientras sus ingrávidas pisadas iban rebotando en todas las paredes, perdiéndose en silencio en la oscuridad de aquel lugar. Tuvo un mal presentimiento, una punzada en el pecho. 
La lluvia había calado todo el estudio. Los dibujos sangraban tinta dentro de sus carpetas y parecían retorcerse calladamente, chapoteando en el agua que los iba reduciendo a nada poco a poco. Ella permaneció callada. Transformó un grito en un ahogado sollozo y se sentó junto a la puerta. El pelo se le había pegado a la cara, y el rímel formada una cascada semejante a la tinta y el lápiz que se iban despegando del papel, formando ríos que se entremezclaban con la suciedad y el frío que acumulaba el estudio.
Le temblaban un poco las manos y apretó con fuerza los ojos un instante. No parecía más que un mal sueño. En cuanto los abriera, quizás todo aquello desaparecería sin haber sido nunca real. Pero no, allí seguía todo ese estropicio. El agua seguía resbalando por encima del escritorio, salpicando al chocar con el gris suelo. Ostentosa. Todas aquellas gotas parecían reírse al unisono de ella y su frágil alma a trazos.
Tenía dos opciones: asumir que su vida acababa de hundirse hasta el fondo, habiendo perdido lo más valioso de su existencia, o respirar despacio y volver a empezar.
Se levantó con la más difícil de las sonrisas y comenzó a recoger y fregar todo aquello. Todo final es un buen comienzo. 

01 julio, 2012

Metus

Le tenía un pánico terrible a la oscuridad. A sus quince años no era capaz de apagar la luz y quedarse a solas. Temblaba. Le sudaban las manos. Se ponía pálido y el mundo se le derrumbaba. Y no era por la oscuridad en sí. 
Cada noche, un montón de monstruos se asomaban por su puerta, por las paredes, las ventanas, y se formaban de las sombras de cada rincón. Terribles cuerpos, deformadas caras y extremidades que se alargaban hasta llegar a su cara y acariciarla. Aquellos horribles monstruos podían colarse por cualquier lugar y acariciar cada centímetro de su cuerpo. Él se estremecía con sólo pensarlo.
Y es que tales monstruos no eran otra cosa que proyección de sus miedos, de sus inseguridades. Se alimentaban de su tristeza y su timidez. Crecían cuando él se encogía. Y era difícil asegurar quién conocía mejor a quién, si tales terribles seres a él, o el proyector de semejantes realidades a aquellas formas de humo y delirios. 
Como toda situación llega a su fin, una noche él decidió enfrentarse a sus miedos. Apagó la luz con mano temblorosa y se dejó acariciar y observar por todos los seres que compartían cama y noche con él. Algunos, cansados de su indiferencia, se esfumaron como si nunca hubieran estado allí. Otros, fueron a esconderse discretamente entre los peluches, tras la puerta. Escaparon algunos otros por la ventana y se perdieron en la madrugada, aunque volverían. Y así, descubrió, que a cada tranquila inspiración y exhalación que él daba, los monstruos reculaban. Que a cada paso que él daba, sus miedos retrocedían. 
Le pareció tan sencillo como ridículo. Sonrió un poquito antes de quedarse dormido. Tenía todo el tiempo del mundo para vencer a cada uno de sus temores. 


El miedo es una terrible enfermedad en nuestras vidas.

21 junio, 2012

Panther.

Me va a estallar el pecho. El whisky, ardiente, se va colando por mi garganta, va enloqueciendo cada célula de mi cuerpo, ahogando la cordura y los pensamientos. Resisto las arcadas y me seco las lágrimas.
Pantera suena de fondo. Casi me siento invencible sobre los tacones. A todo volumen. La casa, vacía y extrañada, tiembla a cada corchea. Aprieto con fuerza la botella e inspiro muy fuerte.
'¿Qué importa?'. Sonrío. 
Cae el vestido casi en un instante, me voy quitando las horquillas al ritmo de la voz de Phil Anselmo. 
La piscina está iluminada por algunas estrellas solitarias que me miran algo inquietas. Me siento tan grande mientras el sujetador cae junto a la botella, que casi puedo rozarlas con alzar apenas los dedos. 
Salgo fuera, me dejo acariciar un poco por la leve brisa nocturna. Caen las bragas junto a la piscina. Quiero desaparecer. 
Rozo el agua. Está perfecta. Los labios entreabiertos, la sonrisa torcida. Resalta mi carmín entre estas sombras con las que me codeo. Les cuento mis delirios entre sollozos, aunque ya sé que no lo entienden... ¿Quién podría?
Me hundo. Yo también quiero ser sombra. Silencio. Se calla la música y puedo percibir mis latidos, lentos, golpeándome. Mi corazón y yo, una relación imposible. Lo único que tenemos en común es esta sangre y este dolor.
Vuelvo al aire nocturno. Algo me alivia. Me siento en el borde de la piscina, notándome casi ingrávida, como si fuera en una nube, por encima del mundo y de sus asfixiantes desgracias. Ojalá me hubiera enredado entre la voz de Lauryn Hill y no estos ritmos, para una noche tranquila...
El agua va resbalándome, dejando intactos sólo mis labios. Rojos y callados. Sonrío un poco. Sé que tengo que dar miedo con el rímel, el pelo enredado y la mirada sangrante. 
Me dejo caer de espaldas y suspiro, como si ese suspiro pudiera arrancarme parte de lo que soy y llevárselo bien lejos. 
Pues bueno, otra noche que añadir a mis insomnios. 
Perder el rumbo sienta tan bien...

19 junio, 2012

Genere Ignaro

Érase una vez una inconsciencia cual alma libre, que revoloteaba por el mundo, sobre las cabezas de la gente. Se iba introduciendo en el alma de personas aleatoriamente, a placer, colándose por la nariz y provocando síntomas de 'inconsciencitis aguda'. Podía colársele a un investigador en plena conferencia, o a algún mendigo que, sentado en una esquina oscura y callada, bebiera vino barato.
Los médicos estaban preocupados, investigando sin parar, realizando intrincados experimentos y complejas pruebas de alta seguridad nacional. El problema estaba en que, en el momento de dar con la solución y producir el júbilo de toda la humanidad, el etéreo virus se colaba felizmente en el interior de los médicos y todas las conexiones neuronales necesarias para la construcción de las enrevesadas estructuras que daban lugar al remedio contra la enfermedad se esfumaban sin más. La corriente eléctrica simplemente dejaba de producirse y las neuronas se iban marchitando sin parar. 
Todos los médicos acababan en fiestas multitudinarias, cual zombies, en piscinas de gente que no conocían, bebiendo cerveza sin parar metidos en cualquier flotador con forma de cocodrilo o ballena, cantando canciones de Caribe Mix sin control. Pobres. 
Estaba claro que la sociedad sufría un terrible mal, que tenía a todos asustados y terriblemente preocupados. Los Premios Nobel se encerraban temblorosos en sus casas, los malévolos cerebros que controlan las redes de Internet (los frikis más poderosos, vaya) se escondían bajo sus camas, los matemáticos palidecían en cuanto veían las noticias a medio día, y todo aquel que tuviera un intelecto mínimamente respetable permanecía día y noche enfermo de delirio, esperando a que la ya mencionada y terrible 'genere ignaro' que asolaba la Tierra viniera y le robara todo lo que tenía.
Por tanto, a la par se fueron desarrollando dos terribles enfermedades. La tal inconsciencia  o genere ignaro y una neurosis remezclada con psicosis  que mantenía un estado de anomia en toda la humanidad. El que no estaba enfermo se creaba su propia enfermedad para prevenirse de la otra. Y, al final, la neuropsicosis fue mucho más terrible que la enfermedad que lo causó todo.
Aquellos que sufrían de trastornos mentales tenían ojeras más pronunciadas, temblores terribles, delirios mortales y demás síntomas tortuosos, aunque menos mal que mantenían la economía de los psiquiátricos y hospitales en todo el mundo rellenándolos hasta los topes y dejando las calles hasta arriba de locos que se prevenían de la inconsciencia.
Mientras, en situación paralela y opuesta, la inconsciencia fue ganándose adeptos. Fue haciendo víctima consciente a todo aquel que quisiera disfrutar un poco de la vida -aunque, con la falta de conciencia y consciencia, no fuera perceptible para el sujeto infectado tal disfrute- y no deseara caer en la locura. La enfermedad iba tornándose remedio a sus propios síntomas, ganándose el respeto de los optimistas de la Tierra.
Y, como redundancia final a esta situación tan terrible, la 'genere ignaro' acabó siendo el opio del pueblo. El mundo de lo sanos estaba dividido entre los neuróticos que llenaban los loqueros de temblores y miedos y los que pagarían con su vida si fuera necesario para que la 'enfermedad' que lo había causado todo, siquiera los rozase y les destruyera unas pocas de neuronas, que les impidiera todas las sinapsis necesarias y les arrancase todas las vainas de mielina que pudiera para sobrevivir un día más sin volverse completamente perturbados.
A la par que los humanos se mataban por paradojas tan absurdas y reliadas, los dioses lloraban casi de la risa, haciendo temblar todo el Universo, disfrutando como si no estuvieran atados a la eternidad y tuvieran que ver el nacimiento, crecimiento y declive de todas las cosas. Una pizca de color a su inmensidad gris al menos, para hacerles olvidar un instante su tortura infinita.