14 julio, 2012

Todo.

Sábanas revueltas. Ambiente cargado, ventanas llenas de vaho. Un poco de luz que iba colándose y haciendo sangrar a la madrugada en reflejos trémulos y grisáceos. Silencio, mucho silencio, que parecía a punto de estallar de tantas caricias, sonrisas y gemidos ahogados de los que había sido cómplice aquella noche. Incluso la Luna, que iba perdiendo brillo con el amanecer, parecía sonrojarse tímidamente mientras se iba a iluminar la noche a otros tantos de amantes.
Con el pelo enredado y la mirada perdida, ella se ovillaba bajo las sábanas, como queriendo hacerse ínfima en aquel conjunto de recuerdos y pasiones, que aún pintaban todas las paredes y se podían acariciar en cada esquina. Sólo se preguntaba por qué tenía que volver a amanecer cada noche, dándole colores mortales a todo lo que había sido eterno durante la madrugada. 
Otra pasión de esas que hacen temblar las piernas para guardar al fondo del cajón. Otro universo que explotaba entre sus dedos sin más.
Suspiró.

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