Comenzó a correr. Sus ojos refulgían en la noche, el vaho se le congelaba entre los labios. Todos los árboles le parecían iguales, no había forma de no correr hacia ninguna parte. O sea que hacia ninguna parte fue. Con la certeza de un último esfuerzo, que le hacía mover músculos que ni siquiera había soñado que tenía. Cada centímetro de su cuerpo ardía y no había forma posible de apagar el fuego, es más, a cada paso se avivaba la llama en su interior, un incendio de mil lunas. Cada vez más rápido entre las sombras.
Sentía cómo lo perseguían, cómo jugaban con él entre los árboles, lo llevaban al abismo, al callejón sin salida. Él sabía cómo aquellos grises y exuberantes lobos se relamían. Noche de luna llena, para no salirse de los mitos, caza de un hombre terminal, aunque no moribundo.
Aullaban, todo el bosque palpitaba en la caza. La infinita caza, que languidecía en el espacio. El tiempo no existía. Sólo espacio infinito en algún punto del Universo. Nada podía ocurrir, entonces, pero el abismo estaba cada vez más cerca, y él se sentía más y más grande, como un ente etéreo que cada vez se deslizaba más rápido, más certero. Hacia la nada.
El éxtasis parecía cercano, casi podía tocar la cara oculta de la Luna que alumbraba su cacería, y que pronto presenciaría su fin. Las patas de los enormes lobos resonaban al golpear contra la tierra húmeda y pedregosa, ya casi notaba sus hocicos en la nuca.
Sonrió. Allí estaba el abismo. El increíble y maravilloso abismo que siempre había poblado sus pesadillas. Inmenso, increíblemente bello. Oscuro, triste en su inmortalidad.
Se detuvo. Extendió los brazos, en un delirio de grandeza, esperando realmente tocar el cielo, donde las estrellas se estremecían y la Luna clamaba sangre.
Allí estaban los lobos. Aullando, sumidos en el mismo éxtasis. Si realmente había un dios, en ese instante estaba camuflado detrás de las pupilas de todos ellos. Casi podían ya saborear la sangre en las papilas.
El hombre, preso de la excitación más terrible, paladeó la muerte un instante. Amó aquel miedo, se entregó a él hasta que consumió toda su pena, todo lo malo estaba ardiendo dentro de él. Amor. Muerte. Todo se entremezclaba en un agridulce sabor a derrota.
Los lobos saltaron sobre él, desgarrándole cada uno de esos centímetros que un instante antes había estado en llamas. Destrozando todo lo que había podido ser bello, o maravilloso. El olor a sangre, los aullidos, ascendían hasta rozar el infinito.
El alivio, la vuelta a la calma.... Todo el silencio y sus secretos más recónditos.
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