26 noviembre, 2012

12.4.12

Al fondo de la oscura sala, al otro lado del escritorio, había un señor muy sereno, pluma en mano, con expresión lánguida. Su tranquilidad era casi insultante a mis ojos, en comparación a la agitación que yo padecía. Mantenía los labios pegados, y en su mirada yo discernía altanería, un perverso y oscuro placer por lo que todo aquello me producía. Yo disimulaba, revolviéndome un poquito en mi sillón, fijándome en cada viejo libro, cada mancha de moho que se escondía entre las sombras del techo.
Estaba a punto de firmar aquel documento, pero aún se permitió un suspiro antes de dejar constancia de que estaba de acuerdo con aquella locura. 
Aunque quisiera, no podría recordar sus rasgos ni su cuerpo ni su color de ojos. Sólo viene a mi memoria aquella mano con pluma elegante que no sentía el menor pudor por sentenciarme a lo que fuera necesario.
Sólo ahora, ya muy lejos de todo eso, me permito una sonrisa aliviada, ahora que todo ya ha pasado.
Condenarme a un insomnio perpetuo fue un golpe muy bajo, exageradamente desproporcionado a la levedad de mis pecados. Tener que lidiar cada noche con ese silencio tan vacío, tan enorme, que me esperaba cada anochecer bajo las sábanas aún me produce escalofríos, de horror y de placer a un tiempo.
Aquellas largas horas, que tanto me separaron del mundo real y me unieron a mí mismo, las pasé entre delirios como si la fiebre me corroyera de principio a fin. Y por la mañana, como si fuera un sueño, todo parecía irreal, casi levemente demente. Sólo mis ojeras dejaban constancia de que todo era real, aquel silencio que poblaba todas mis pesadillas, era más que real, y no sabía cómo llenarlo. Se lo tragaba todo sin ningún pudor.
El silencio durante aquella época, por primera vez, se me apareció como al resto de los mortales, vacío y terrible, como un abismo destinado a ser rellenado por cualquier cosa que resistiera. No era el silencio en sí lo que me aterrorizaba en realidad, sino el descender de mi especial nube...descender y asumir que no existen personas especiales, ni vidas únicas. Un golpe terrible al ego. La terrible levedad del ser.


La poderosa presión que provoca el insomnio en noches carentes de sentido, llenas de angustia.

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