Le tenía un pánico terrible a la oscuridad. A sus quince años no era capaz de apagar la luz y quedarse a solas. Temblaba. Le sudaban las manos. Se ponía pálido y el mundo se le derrumbaba. Y no era por la oscuridad en sí.
Cada noche, un montón de monstruos se asomaban por su puerta, por las paredes, las ventanas, y se formaban de las sombras de cada rincón. Terribles cuerpos, deformadas caras y extremidades que se alargaban hasta llegar a su cara y acariciarla. Aquellos horribles monstruos podían colarse por cualquier lugar y acariciar cada centímetro de su cuerpo. Él se estremecía con sólo pensarlo.
Y es que tales monstruos no eran otra cosa que proyección de sus miedos, de sus inseguridades. Se alimentaban de su tristeza y su timidez. Crecían cuando él se encogía. Y era difícil asegurar quién conocía mejor a quién, si tales terribles seres a él, o el proyector de semejantes realidades a aquellas formas de humo y delirios.
Como toda situación llega a su fin, una noche él decidió enfrentarse a sus miedos. Apagó la luz con mano temblorosa y se dejó acariciar y observar por todos los seres que compartían cama y noche con él. Algunos, cansados de su indiferencia, se esfumaron como si nunca hubieran estado allí. Otros, fueron a esconderse discretamente entre los peluches, tras la puerta. Escaparon algunos otros por la ventana y se perdieron en la madrugada, aunque volverían. Y así, descubrió, que a cada tranquila inspiración y exhalación que él daba, los monstruos reculaban. Que a cada paso que él daba, sus miedos retrocedían.
Le pareció tan sencillo como ridículo. Sonrió un poquito antes de quedarse dormido. Tenía todo el tiempo del mundo para vencer a cada uno de sus temores.
El miedo es una terrible enfermedad en nuestras vidas.
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