19 junio, 2012

Genere Ignaro

Érase una vez una inconsciencia cual alma libre, que revoloteaba por el mundo, sobre las cabezas de la gente. Se iba introduciendo en el alma de personas aleatoriamente, a placer, colándose por la nariz y provocando síntomas de 'inconsciencitis aguda'. Podía colársele a un investigador en plena conferencia, o a algún mendigo que, sentado en una esquina oscura y callada, bebiera vino barato.
Los médicos estaban preocupados, investigando sin parar, realizando intrincados experimentos y complejas pruebas de alta seguridad nacional. El problema estaba en que, en el momento de dar con la solución y producir el júbilo de toda la humanidad, el etéreo virus se colaba felizmente en el interior de los médicos y todas las conexiones neuronales necesarias para la construcción de las enrevesadas estructuras que daban lugar al remedio contra la enfermedad se esfumaban sin más. La corriente eléctrica simplemente dejaba de producirse y las neuronas se iban marchitando sin parar. 
Todos los médicos acababan en fiestas multitudinarias, cual zombies, en piscinas de gente que no conocían, bebiendo cerveza sin parar metidos en cualquier flotador con forma de cocodrilo o ballena, cantando canciones de Caribe Mix sin control. Pobres. 
Estaba claro que la sociedad sufría un terrible mal, que tenía a todos asustados y terriblemente preocupados. Los Premios Nobel se encerraban temblorosos en sus casas, los malévolos cerebros que controlan las redes de Internet (los frikis más poderosos, vaya) se escondían bajo sus camas, los matemáticos palidecían en cuanto veían las noticias a medio día, y todo aquel que tuviera un intelecto mínimamente respetable permanecía día y noche enfermo de delirio, esperando a que la ya mencionada y terrible 'genere ignaro' que asolaba la Tierra viniera y le robara todo lo que tenía.
Por tanto, a la par se fueron desarrollando dos terribles enfermedades. La tal inconsciencia  o genere ignaro y una neurosis remezclada con psicosis  que mantenía un estado de anomia en toda la humanidad. El que no estaba enfermo se creaba su propia enfermedad para prevenirse de la otra. Y, al final, la neuropsicosis fue mucho más terrible que la enfermedad que lo causó todo.
Aquellos que sufrían de trastornos mentales tenían ojeras más pronunciadas, temblores terribles, delirios mortales y demás síntomas tortuosos, aunque menos mal que mantenían la economía de los psiquiátricos y hospitales en todo el mundo rellenándolos hasta los topes y dejando las calles hasta arriba de locos que se prevenían de la inconsciencia.
Mientras, en situación paralela y opuesta, la inconsciencia fue ganándose adeptos. Fue haciendo víctima consciente a todo aquel que quisiera disfrutar un poco de la vida -aunque, con la falta de conciencia y consciencia, no fuera perceptible para el sujeto infectado tal disfrute- y no deseara caer en la locura. La enfermedad iba tornándose remedio a sus propios síntomas, ganándose el respeto de los optimistas de la Tierra.
Y, como redundancia final a esta situación tan terrible, la 'genere ignaro' acabó siendo el opio del pueblo. El mundo de lo sanos estaba dividido entre los neuróticos que llenaban los loqueros de temblores y miedos y los que pagarían con su vida si fuera necesario para que la 'enfermedad' que lo había causado todo, siquiera los rozase y les destruyera unas pocas de neuronas, que les impidiera todas las sinapsis necesarias y les arrancase todas las vainas de mielina que pudiera para sobrevivir un día más sin volverse completamente perturbados.
A la par que los humanos se mataban por paradojas tan absurdas y reliadas, los dioses lloraban casi de la risa, haciendo temblar todo el Universo, disfrutando como si no estuvieran atados a la eternidad y tuvieran que ver el nacimiento, crecimiento y declive de todas las cosas. Una pizca de color a su inmensidad gris al menos, para hacerles olvidar un instante su tortura infinita. 

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