Amanece un día cualquiera. El frío matinal, escalofríos. El calor del mediodía. El frescor de la tarde. La piel grita, grita sin piedad lo que siente, se amorata, se encabrita, se torna dulce y suave. Y ella, frente al espejo, sabe que debería, al igual que hace su piel, sentir y expresar. Se acaricia las piernas, se mira lentamente, los recovecos bajo el encaje del sujetador, bajo la goma de las bragas. Sus dedos largos, deslizándose, habla con su piel, comunicándose con ella. La penumbra siempre es un extraño escenario para la desidia. La ausencia de cualquier sentimiento excepto desidia. Un día cualquiera, un momento cualquiera, y anestesia. La extrañeza frente al espejo, la laxitud del alma. Un vacío en el pecho para el lugar que deberían ocupar el odio y el miedo, el amor. La conciencia de vacío siempre es cruel. Y, examinándose en el espejo, extrañeza. ¿Por qué hoy? ¿Por qué ahora?
21 octubre, 2015
07 abril, 2015
Desierto
Es extraño darse cuenta de que el miedo, el terrible temor, procede del temblor del espejo. Reflejo, silueta callada. Un encuentro inesperado, mi sombra. Y por un momento, terror. Y al siguiente, rareza en la punta de los dedos, de las pestañas, me siento rara en los labios, en los pies, en la mueca silenciosa. Y, ya para acabar... el miedo se desvanece, la extrañeza pasa a segundo plano. Es culpa del viento, del viento helado, nocturno, que me mece, me acompaña, me frena; que me enreda sin piedad. Y ya no sé nada. Sólo me dejo llevar. Y cierro los ojos, para no ver mi contorno en los reflejos de cualquier espejo o cristal, escaparate. Y ese momento es un desierto, un infinito ir por arena caliente sin oasis, ni espejismos... Y mi venir es de nuevo el miedo, acompañado de las ganas, que son un escalofrío inexplicable. Me gusta, me vuelvo adicta al frío en la nuca, a la media sonrisa, a los ojos tristes y callados, porque es una forma de plenitud, en la noche anhelante. Frenada, arropada por el viento en un rodar largo. Hacia ninguna parte.
23 marzo, 2015
Fortuito
El problema es cuando uno es adicto a estrellarse; cuando el miedo al error y la adicción al caos se mezclan desafiando a la termodinámica. Y surge la desgracia de no saber cuándo parar de hacer las cosas mal, de desear cosas 'erróneas' -según lógica imperante- y de tener el subconsciente siempre metido en líos. De desear siempre tu sombra callada en mi camino. Porque resulta que podría ser la silueta de cualquiera, pero eres tú. De espaldas, en compañía de a saber quién. Serena, ajena a mi mirada -mi taquicardia-, a la locura de mis pensamientos a mil por hora mientras asumo que eres tú a quien veo, sentada. Tu pelo.
El problema es que debería dejar de mirarte y seguir andando -llevo prisa-. No puedo. El extraño mundo deja de girar y a ver quién lo arranca. Intuyo tu nariz. Tu felicidad airada. Es culpa del tiempo y la distancia que no saben arreglar nada. Tú, que con la sonrisa que imagino me susurras 'Tengo algunos problemas preparados para ti'. Y yo, que no me resisto a los días grises enredados en las sábanas de tu ático, que no soy capaz de alejarme del olor a café y de tus pies fríos.
'Nunca confíes en mí', y cuánta razón, bella. No necesito confianza, sólo que me líes una vez más. Y otra, y otra, y otra... Y sigo andando, ya nos veremos.
'Nunca confíes en mí', y cuánta razón, bella. No necesito confianza, sólo que me líes una vez más. Y otra, y otra, y otra... Y sigo andando, ya nos veremos.
04 marzo, 2015
A veces.
Y a veces, cuando me aprietas, ¿sabes?, no puedo respirar. ¿Y qué hago con el mundo?, si en ese mismo instante se destruye cada momento de existencia en que no estás, cada ápice de cordura. Se me oprime el alma y todo es aridez. Desnudez. Y todo es ausencia, ¿sabes? Que podría implosionar, con todas estas ganas. Y yo pienso, y todo es tortura. Tus dedos invisibles me rozan, me aniquilas en el primer asalto. ¿Dónde está el aire? En el zenit, en la dimensión en que tu sonrisa me mantenía aparte. Y, soledad, que yo la quiero y me tortura, me habla de ti, de nuestras ganas de nada, el brillo de tus ojos en la penumbra. El ambiente cargado, las estrellas a través de la ventana, la paz vacía.
Y a veces, de noche, noto la presión del halo de tu existencia -de tu ausencia-, presionando mi pecho, se me corta el sentido y la respiración. Me vuelvo loco, ¿sabes? Tu pelo, tu sonrisa lejana. Me enloquece pensar en el viento que te roza, mientras, perdida, feliz, no eres capaz de acordarte de mí. Si quizás me llamas olvido, y yo me llamo círculo, bucle, espiral, de ti, siempre de ti. ¿Y qué hago con el mundo, entonces, si mis dedos se mueren por tu piel, que a la vez es ácido y condena? Y llámame miseria, si aún admiro tu melena enredada, si no soy capaz de alejarte del brillo de mis ojos. De esa luz opaca que cubre mi alma y siempre, siempre acaba en ti. Cada recoveco de la ciudad te pertenece, y yo, acompañado de otras, musas que acaricio y quiero a ratos, rozo las esquinas, tratando de encontrarte mientras que, de la mano de cualquiera, me dirijo a un escondite, en el que, sin lugar a dudas, no podré escapar de ti.
Y a veces, cuando me ahogas, cuando tiras de la cuerda y el aire no entra, ni sale, yo sé que eres tú quien me asfixia, bajo el nombre de Nostalgia, bajo el nombre de Tristeza, de Oscuridad, de Felicidad, incluso. Y tiras sin piedad, y yo lo sé, y te deseo más que nunca. Y podría, sin duda, gritarte todo lo que te quiero, inútilmente, mientras tu sonrisa vacía sigue su curso, bruto, sin mirar a nadie. Y yo sabré que me quieres, y que me odias, y que a veces yo también te odio. 'Libérame', gritaré, pero en realidad sólo querré decir 'Aprieta más'.
Y, por supuesto, tú seguirás apretando, como a veces haces, como a veces deseo, como quizás te apriete yo cuando te encuentre en los recónditos lugares de la memoria, cuando te mire y te diga que somos eternos.
21 febrero, 2015
Vacío.
Tumbada, boca abajo, junto a su amante jadeante, sintió el peso del fin del éxtasis. Primero lo notó helado en la punta del pie derecho, como un soplo ligero. A ráfagas, el frío fue ascendiendo por sus piernas desnudas, por su cuerpo abandonado a la deriva, se coló por su garganta y le paralizó la lengua, subió a sus ojos y le congeló las lágrimas en la carúncula, recorrió su columna de vuelta y la hizo temblar. El terrible peso del silencio cuando las ganas se apagan y el horizonte va cayendo en el ocaso como en un agujero negro. Y ella, paralizada junto a su amante, sintió el peso del vacío, la presión -nada que decir, nada que hacer- del universo sin tiempo, la eternidad cuando la carencia es el todo y la cama es refugio si el alma se escapa.
Y, tumbada de espaldas al mundo -que seguía cayendo-, temblada de vértigo, sin saber qué hacer con el universo detenido en el tiempo -sin acordarse de respirar-, con el límite del fin a los pies de la cama. Caos, siempre caos -y vacío-.
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