31 enero, 2013

Vacío.

Las bragas caen; allí está ella. Completa, desnuda. Imperfecta pero amándose. Tan próxima a la muerte y a la vida que le sudan las manos. Sonríe. Sonríe por fin, extendiendo los labios en el fango, creando alas de brisa, de suposiciones, de alma que no teme al fracaso. 
Los coloretes sobre sus mejillas iluminan la habitación, con esa calidez mediocre pero delicada que sólo puede ser percibida por las auras extraordinarias que escasean sobre la faz de la Tierra. 
No, no se basa en grandeza el ensanchamiento de su pecho, sino en todas las posibilidades que aún laten bombeando sangre a todas las cicatrices que la recorren de arriba abajo, tanto  su mundo corpóreo como el inteligible. Se basa en todo lo posible, en la fábrica de ilusiones vanas trabajando a todo trapo, a mil por hora. 
A veces la última esperanza reside sobre la nada, pues si la vida se transforma en vacío, el vacío pasa a la prioridad de supervivencia en la ambición. 

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