03 febrero, 2013

Nathalie, con sus labios entreabiertos, los ojos fijos -fulgurantes-, se atrevió a dejar escapar dulces palabras del fondo de lo más acaramelado de su ser...
'Busca a tu yo de dentro de 10 años...¿Me ves acaso a tu lado?', suspiró un poquito.
La botella, fría entre sus dedos, permanecía callada, visiblemente confusa. La cerveza burbujeaba bajo su translúcida piel. Nathalie se puso un poco seria, odiaba los silencios.
El amanecer amenazaba con congelarle el rímel sobre las pestañas, el carmín sobre sus labios... Amenazaba con dejarla clavada en la eternidad con una apariencia que llamaba al patetismo, al frío más profundo.
¿Cómo acabar una noche sentada con las piernas cruzadas, arrugando el vestido, sobre un banco poco especial en cualquier parte del centro de la ciudad? Sí, eso mismo se preguntaba ella.
Se sentía mal y bien a la vez. Mal porque el estómago clamaba sin cesar. Bien porque se creía en poder del conocimiento sobre la sencillez.
¿Cómo acabar un relato estúpido que ha comenzado sin ningún sentido? Pues de la misma forma en que comprendemos que no hay instante aislado en el tiempo, y quizás imaginar a Nathalie caminando por entre calles vacías, con escalofríos a cuestas, le hace perder su magia, pero ser real, 'desidealizada'.
Que quizás Nathalie ha sido el amor platónico de cualquiera... miradas que encuentras un instante, chispazo, desaparición. Desaparición y olvido para siempre. Por suerte. Por suerte no tenemos la desgracia de conocer a Nathalie y descubrir que hay hueso bajo sus labios de papel, sobre su alma de papel. Nathalie quizás sea fea, o esté loca, y realmente dentro de diez años volverá a encontrarse a sí misma sobre un banco, y a nosotros como protagonistas de un cuento que nunca escribirá.

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