Cuerpos desnudos a la deriva, a la búsqueda de placer. Así es como María acabó llorando en silencio, con los ojos y los labios bien prietos, que ni el aire podía huir de entre sus labios. No fue de dolor, ni fue por el peso de las caricias que recibía en cada centímetro de su cuerpo. Quizás sí y no fue por delirio. María lloró sobre las sábanas mientras el gusto los corroía de pies a cabeza, lloró porque sentía en el ambiente congelado de la habitación que no existía el tiempo. Habían detenido entre sus dedos, entrelazando sus piernas, sus deseos y sus miedos más recónditos, el ladrón más fugaz. En un instante de éxtasis habían logrado burlar a la realidad. El tiempo no existía. Y lloró dulce, levemente, mientras unos labios y unas manos ardiendo se encargaban de evaporar una a una todas las gotas de llanto sobre su rostro, para mezclarlas con el dulzón aroma que impregnaba todo el cuarto, pegado a los cristales de las ventanas, ese aroma en que se traduce el amor cuando lo puede todo. El amor convertido en noches en vela, en colchones cómplices y un espacio separado del resto de dimensiones. El amor cuando se metamorfosea en un universo aparte. Y María lloró, se extasió y se espantó por haber detenido el tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario