Me asomé al balcón, y me apoyé sobre el hierro helado para contemplar las luces de la ciudad casi callada, silenciosa, de luces y transeúntes ondulantes, redondeados en la dulzura del silencio en la madrugada.
'¿Cuál sería el día más triste del Universo?¿Cómo establecer el mío propio como referencia de medida para el resto de la existencia?' eso, exactamente eso se me pasó por la cabeza en el instante en que mis labios se congelaban al contacto con el aire pretendiendo entrar dentro de mi caja torácica.
Es extraño, pensé que la existencia en sí es un día raro, un día triste muy largo. Melancolía incomprensible. ¿Cómo hacerla entender con palabras? Imposible. En el momento en que se despega de la lengua esta tristeza, se vuelve estúpida, y el sentido se pierde, se desvanece. Pero... ¿qué digo? ¿Qué sentido? ¿El de la vida, el de tal tristeza, el de esta náusea bien arraigada?
La vida es una neumonía del corazón, en que éste se va encharcando poco a poco, de un líquido fangoso y terrible que pocas personas saben limpiar. Yo, por ejemplo, no sé quitarme, limpiarme de encima este sentimiento mordaz, y poco a poco va creciendo mi tos, o mi laconismo, según como quiera escribirse.
Entiendo muy bien que aquella noche morí un poquito, asfixiado por la nada, por ese sentimiento de ridiculez que acompaña siempre a los malos momentos. ¿De qué sirve el zigzagueante camino que me empeño en arañar en la tierra si hace ya mucho que me perdí y me alejé de donde quería ir al principio? Creo que es hora de que me limpie las uñas al menos, ya que el corazón no puedo.
'Los caminos del Señor son inescrutables', bendita inocencia. Ojalá alcanzase yo a estas alturas, a mi medio siglo de vida, lograr pensar que en vez de perdido, ando guiado por una mano divina. Ojalá. Aunque supongo que hay un bello regusto bajo la estúpida conciencia, un atisbo de luz para proseguir mañana mi día gris con otros ojos. No sé, dicen que nunca es tarde, y que el amor siempre salva.
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