25 febrero, 2014

Adiós, Paz.

Tiemblo. Tiemblo pero no soy capaz de cerrar la ventana. Nunca voy a recuperarla. Pálido, con los labios sangrantes quebrados en una mueca trato de asumirlo una vez más. Añado caos al caos y me pregunto dónde estará, en qué brazos dormitará ahora (cálida y sonriente), qué calles inundará (sólo un momento, un minuto, como una brisa) de calma. 
Sin despedirse, sin dejar más que un cuaderno lleno de garabatos que yo mismo había escrito ya a medias abierto sobre la mesa del salón. Era de noche cuando se marchó, lo recuerdo. Por el insomnio. Insomnio eterno en una habitación de silencio pesado.
Sin más. Paz, te vas y me abandonas. No sé dónde buscarte, no sé si te encontraré perdida y sola en cualquier esquina, no sé si te encontraré en el mirador más recóndito de la ciudad mirando al infinito, a la puesta de sol. 'Hermosa y pálida'. Así estarás, como siempre, Paz. Aunque no te encuentre. Así te sueño.
Los demonios ya no me dejan dormir, ya no me dejan ser ni estar. La vida sin ti es caos. Sé que nunca te voy a recuperar. Los hechos se acumulan sin sentido, unos sobre otros, sin orden ni coherencia. Y aun así sé que debo buscarte. Visitaré todos los lugares, todas las pieles y nombres que me sean posibles, Paz, aunque tú no estarás en ninguno de ellos. Y lo sé, y aun así llegaré hasta el  infierno mismo para encontrarte. ¿Qué de mí sin ti, terrible utopía?
La ventana abierta, y tras ella la ciudad dormida, iluminada la calle apenas por tímidas farolas. Tiemblo. En algún lugar de este universo tienes que estar. Y casi me lo creo. 
La ventana cerrada, la habitación en terrible y sucia penumbra. En algún lado tendrás que estar, miserable. Con la certeza de la derrota previa a la batalla y a la guerra me vuelvo a la cama. A recordar tu leve aroma, tu breve existencia dentro de mi alma. Miserable. 

13 febrero, 2014

Penumbra.

Tus contornos junto al balcón se volvían de porcelana, no sé si sería tu propia fragilidad, esa que hace que tiemble, o sería el azaroso sol sobre ti -posándose, poco a poco, sobre tus curvas de mujer, teniéndote entre sus rayos nacientes como yo te tuve durante la noche entre mis dedos-. 
Tu sonrisa amanecía inquebrantable entre las cortinas del balcón, tu sonrisa en contraste con tu palidez, con tu etéreo ser, tu sonrisa moribunda tras el humo del tabaco. Tu sonrisa camuflada en las sombras de la habitación de un hotel cualquiera. Y al otro lado de la ventana, del balcón, la realidad era apenas un punto al fondo de mi conciencia. Nos dejaba jugar a ser dioses del tiempo, me transformabas en un alma pura incluso cuando mirabas hacia otro lado. 
La eterna tristeza que flotaba sobre nosotros... ¿Quiénes seríamos al salir de allí? ¿Cómo podría imaginar tus caderas sin mis manos sobre ellas, sin mi temblor perenne? La terrible certeza de que me quebraría en mil pedazos cuando tus contornos se escapasen fuera de nuestra penumbra más silenciosa. ¿Qué ocurriría cuando mis oídos tuvieran que sobrevivir sin el cercano aleteo del aire atravesando tus labios? 
Mi estómago se negaba a creer en el mundo más allá de las noches -cortas, sudorosas- que compartíamos en callada melancolía. ¿Dónde van a parar todos esos instantes? Los rompemos, los vamos quebrando con nuestro amor, con sístoles y diástoles que ponen el tiempo en fuga, con la comisura de tus labios deslizándose sobre la taza del café temprano. Tus dedos apartando la cortina para ver el otro lado del universo.
Si yo ahora te encontrase... Si te encontrase ahora definitivamente te gritaría. Te gritaría detente. No te muevas. No nos quiebres en mil pedazos. No me condenes a vagar eternamente a la búsqueda de la combinación de moléculas del universo que nos devuelva a cualquier minuto de silencio con el vello erizado y las ganas cansadas. No me robes la visión de tus curvas en la penumbra del quebranto que compartíamos.

07 febrero, 2014

Franqueza.

Arrastró aún un poco más su hálito cansado por mi cuello; tortura. Dejó un instante más sus labios marchitos y agonizantes sobre mi vello erizado. Me dejó de un beso un golpe en el estómago,  sin poder ni querer respirar. Sus dedos visitaron mis contornos y yo apenas si recordaba cómo parpadear. Su aliento, en nombre de un alma que arde,  se deslizaba sobre las dunas de mis vértebras,  a la búsqueda de dejarme sin sentido o de hacerme estremecer. Sus labios,  que desaparecieron tan rápido de mi horizonte,  que se esfumaron tan etéreamente, me dejaron la nada, un escalofrío y mucha y callada noche. Sólo el aleteo de su brisa sobre mi cuello pudo alargar la tortura,  el delirio de las ganas sin nombre.
El roce de su sonrisa triste en mi nuca eran todos los sueños comprimidos en un instante, todos los deseos -oscuros, salvajes-. Sus labios arrastrándose por mis dominios son insomnio, diluyen la realidad hasta hacerla ínfima, reducen el sentido de la existencia a la necesidad del agridulce y agónico paso por su infierno. Y cuando logro dormir sueño con morir a los pies de su sonrisa felina, con trepar sobre sus escápulas para luego dejarme caer sin remedio y sin condiciones.
Qué absurdo vivir si no es junto al exterminio implacable de su hálito sobre mi piel encabritada. 

02 febrero, 2014

Febrero.

'Es el roce de tus dedos, está clarísimo. Dedos callados, fríos, en mi nuca. Sólo sé eso cuando, ya de noche, me asomo a la ventana y me fumo otro cigarro. Y es que, ¿sabes?, a veces me da por fumarme lo que me queda de ti, de tus besos con sabor a tabaco, del humo de tus pulmones. A veces me da por escribirte cartas mentales, para que, allá donde habite tu conciencia, no me escuches, por supuesto. El silencio es una bendición para las almas. Cuánta miseria ahorramos cuando una sonrisa o una mueca no va seguida de una sarta de palabras, tan bellas e idealistas como inútiles. El idealismo es otro lastre estúpido para el ser, pero eso es otra cuestión. No me escuches, no te enteres de que siento, de que quizás y de vez en cuando existo como ente no etéreo. Es el roce de tus dedos helados casi inertes esto que noto, frágil y delicado, en una madrugada de febrero. Son tus dedos en mi cuello esta ausencia, no hay duda. Son tus ganas huyendo, tus dedos temblando, la noche cerrada. Son mis ojos que titilan levemente. Son tus dedos este estremecimiento mío, este vacío. Que no escuchas, me digo, te hablo de nuevo, sigo fumando.'