Quizás lo que a la gente más le agradaba de ella, lo que hacía que ser vieran atraídos hacia su ser, era esa compacta forma de ser, su forma consistente de sobrellevar los altibajos inherentes al ser. La seguridad de su persona. Y es que ahí quedaba subordinada la melancolía, quedaba más o menos oculto lo ceniciento de su existencia. Gris eterno. Los segundos, minutos, siglos, sobre su cuerpo quedaban reducidos a un suspiro alargado, como una melodramática melodía en los bordes del tiempo, al abrigo de donde el espacio se desliza frenéticamente. Cuando provocaba una sonrisa, lo cual raramente ocurría debido a su perenne nudo en el estómago, a su callada forma de afrontar la existencia, por tanto, no solía ser en base a su eterno otoño, que era a la vez su zenit y su delirio, sino a su estructura límpida, a su involuntaria lucha contra la entropía.
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