28 noviembre, 2012

Mi madre interrumpe mis pensamientos. Me sudan las manos. Estaba mirando por la ventana, y otra vez divagando. Otra vez la idea de suicidio, de mis venas sudando delirios, pintando el cuadro de mi existencia a grandes trazos carmesís. Se me arraiga dentro, noto cómo se ha adueñado de mi interior esta solución permanente a un problema temporal. Me asusta pensar que cualquier día pueda de pronto despertar de la inconsciencia para descubrirme agonizante sin billete de vuelta.
Eso me recuerda a ese instante mágico en que ya has saltado a la piscina pero aún no has caído, y un escalofrío te recorre la columna vertebral de arriba abajo pues de pronto se te ocurre preguntarte si el agua estará fría... Pero ya es tarde, y te hielas bajo el silencio profundo de las aguas agitadas. Supongo que es parecido.
El coche gira, las gotas se deslizan zigzagueantes en una carrera infinita, juntándose, separándose unas de otras. Tengo ganas de tocarlas. Acaricio el cristal. Bajo la canción que suena en la radio (cualquiera que sea...) me imagino el silencio roto de forma rítmica por la caída de las ínfimas gotas sobre las calles, sobre los tejados, sobre los labios que se juntan en cualquier rincón escondido, sobre mi coche y sobre las sucias almas de mentes deterioradas...
Eso me recuerda a lo muchísimo que me apetece calarme ahora mismo. Dejarme ser lo que quiera que sea yo en el silencio de estos pensamientos tontos, cerrar los ojos y conjurar a los demonios de la paz para poder respirar un poco sin el asfixiante humo que producen mis propios deseos.
Me laten las venas en las muñecas. Esta vez no logro calmarme, y miro hacia fuera por el cristal empañado para disimular. Hago como que me embeleso un poco, pero en realidad lucho. Lucho muy fuerte contra el suicidio dentro de mi cabeza, en la que ya he muerto entre mil y mil quinientas veces. 
He olvidado a dónde vamos hoy. Da igual, estoy seguro de que no es el sitio que preferiría. Así que me quedo mirando las rayas blancas, que, con el mismo ritmo que la lluvia al desparramarse por todo el horizonte, van pasando junto al coche. Pongo las manos sobre las piernas, más vale que las controle antes de que se escapen en busca de cualquier cuchillo despistado.  

26 noviembre, 2012

12.4.12

Al fondo de la oscura sala, al otro lado del escritorio, había un señor muy sereno, pluma en mano, con expresión lánguida. Su tranquilidad era casi insultante a mis ojos, en comparación a la agitación que yo padecía. Mantenía los labios pegados, y en su mirada yo discernía altanería, un perverso y oscuro placer por lo que todo aquello me producía. Yo disimulaba, revolviéndome un poquito en mi sillón, fijándome en cada viejo libro, cada mancha de moho que se escondía entre las sombras del techo.
Estaba a punto de firmar aquel documento, pero aún se permitió un suspiro antes de dejar constancia de que estaba de acuerdo con aquella locura. 
Aunque quisiera, no podría recordar sus rasgos ni su cuerpo ni su color de ojos. Sólo viene a mi memoria aquella mano con pluma elegante que no sentía el menor pudor por sentenciarme a lo que fuera necesario.
Sólo ahora, ya muy lejos de todo eso, me permito una sonrisa aliviada, ahora que todo ya ha pasado.
Condenarme a un insomnio perpetuo fue un golpe muy bajo, exageradamente desproporcionado a la levedad de mis pecados. Tener que lidiar cada noche con ese silencio tan vacío, tan enorme, que me esperaba cada anochecer bajo las sábanas aún me produce escalofríos, de horror y de placer a un tiempo.
Aquellas largas horas, que tanto me separaron del mundo real y me unieron a mí mismo, las pasé entre delirios como si la fiebre me corroyera de principio a fin. Y por la mañana, como si fuera un sueño, todo parecía irreal, casi levemente demente. Sólo mis ojeras dejaban constancia de que todo era real, aquel silencio que poblaba todas mis pesadillas, era más que real, y no sabía cómo llenarlo. Se lo tragaba todo sin ningún pudor.
El silencio durante aquella época, por primera vez, se me apareció como al resto de los mortales, vacío y terrible, como un abismo destinado a ser rellenado por cualquier cosa que resistiera. No era el silencio en sí lo que me aterrorizaba en realidad, sino el descender de mi especial nube...descender y asumir que no existen personas especiales, ni vidas únicas. Un golpe terrible al ego. La terrible levedad del ser.


La poderosa presión que provoca el insomnio en noches carentes de sentido, llenas de angustia.

23 noviembre, 2012

Dulce silentium

Con los ojos bien apretados iba notando el agua deslizarse por su piel. Por su pelo, por sus labios...desde el ombligo hasta los dedos de los pies. Respirando tortuosamente. Los pensamientos iban chocándose dentro de su cabeza, enloqueciendo la poca lógica que aún  le pertenecía. La poca lucidez que poseía se fue por el sumidero junto a la espuma. El rímel iba deshaciéndose en lágrimas negras por sus mejillas, llegando hasta acariciar el  rojo carmín de unos labios casi sangrantes de morderlos.
Jadeante, de pelo enredado y sonrisa famélica, fue a sentarse en la bañera. El agua silenció su rumor. 
El Universo estaba en llamas. 
Se sentía tan perdida en la inmensidad de la bañera....
El mortecino reflejo de la luz sobre la blanca cerámica, atravesando las cortinas traslúcidas... Qué vista tan diferente del mundo había desde ahí abajo. Se deleitó recorriendo con los ojos cada azulejo de la pared, mientras el goteo, el movimiento del agua entre sus largos dedos temblorosos, ponían una melodía que acariciaba sus recovecos. 
Se preguntaba, jugueteando con las puntas de su enredada melena, que si realmente era posible que todo  se convulsionara tan caóticamente fuera de allí. 


Run with the wolves.

Comenzó a correr. Sus ojos refulgían en la noche, el vaho se le congelaba entre los labios. Todos los árboles le parecían iguales, no había forma de no correr hacia ninguna parte. O sea que hacia ninguna parte fue. Con la certeza de un último esfuerzo, que le hacía mover músculos que ni siquiera había soñado que tenía. Cada centímetro de su cuerpo ardía y no había forma posible de apagar el fuego, es más, a cada paso se avivaba la llama en su interior, un incendio de mil lunas. Cada vez más rápido entre las sombras.
Sentía cómo lo perseguían, cómo jugaban con él entre los árboles, lo llevaban al abismo, al callejón sin salida. Él sabía cómo aquellos grises y exuberantes lobos se relamían. Noche de luna llena, para no salirse de los mitos, caza de un hombre terminal, aunque no moribundo. 
Aullaban, todo el bosque palpitaba en la caza. La infinita caza, que languidecía en el espacio. El tiempo no existía. Sólo espacio infinito en algún punto del Universo. Nada podía ocurrir, entonces, pero el abismo estaba cada vez más cerca, y él se sentía más y más grande, como un ente etéreo que cada vez se deslizaba más rápido, más certero. Hacia la nada. 
El éxtasis parecía cercano, casi podía tocar la cara oculta de la Luna que alumbraba su cacería, y que pronto presenciaría su fin. Las patas de los enormes lobos resonaban al golpear contra la tierra húmeda y pedregosa, ya casi notaba sus hocicos en la nuca. 
Sonrió. Allí estaba el abismo. El increíble y maravilloso abismo que siempre había poblado sus pesadillas. Inmenso, increíblemente bello. Oscuro, triste en su inmortalidad.
Se detuvo. Extendió los brazos, en un delirio de grandeza, esperando realmente tocar el cielo, donde las estrellas se estremecían y la Luna clamaba sangre.
Allí estaban los lobos. Aullando, sumidos en el mismo éxtasis. Si realmente había un dios, en ese instante estaba camuflado detrás de las pupilas de todos ellos. Casi podían ya saborear la sangre en las papilas. 
El hombre, preso de la excitación más terrible, paladeó la muerte un instante. Amó aquel miedo, se entregó a él hasta que consumió toda su pena, todo lo malo estaba ardiendo dentro de él. Amor. Muerte. Todo se entremezclaba en un agridulce sabor a derrota.
Los lobos saltaron sobre él, desgarrándole cada uno de esos centímetros que un instante antes había estado en llamas. Destrozando todo lo que había podido ser bello, o maravilloso. El olor a sangre, los aullidos, ascendían hasta rozar el infinito. 
El alivio, la vuelta a la calma.... Todo el silencio y sus secretos más recónditos.