28 noviembre, 2013

Origen de la melancolía.

'¿Existe acaso una predisposición de ciertos seres por la tristeza? ¿Sería, entonces, la tristeza una forma de éxtasis dichoso?' Eso me he despertado pensando esta mañana. Es la hora del café y sigo absorto pensando en ella, mirando los bucles sin fin del humo del café, viendo a través de él poca cosa aparte de una pared pintada, y observando dentro de su casual y breve existencia el movimiento de mis estúpidas neuronas siempre a la búsqueda de respuestas. ¿Para qué? Para nada, sólo siguiendo la inercia de mi obnubilación por el vacío existencial en estos instantes. Quizás de tanto mirarlo el café acabe por ser la respuesta.
Pienso, cuando logro encauzar los impulsos nerviosos a algo consciente, que sí que existe la tal predisposición que me obsesiona. ¿Cómo podría si no ser feliz arrastrando un otoño helado y eterno tras de mí? Pero, entonces, si esto es así, ¿es esto una enfermedad del alma? 
Y dejo de escrutar el café para pasar a mirar mis pies, con esa grata sorpresa de cada día de descubrir que existo a través de mis ojos. Realmente existo, aunque sólo sea una ilusión que atraviesa mis pupilas. El milagro de ser; el milagro de una simpleza tan extraña que asusta. 
Las palabras como extensión de una nostalgia infinita. Así es como me gustan. Calmadas, ordenadas, siempre a la búsqueda de una melodía que me transporte hacia la más opresora de las melancolías entristecidas. Un pequeño chute de agridulce cordura. 
Es este fin que soy yo el origen de la tristeza más natural. Y es lógico dejar a medias los pensamientos cuando, sorbo a sorbo, el café se termina y el mundo empieza.

2 comentarios:

  1. La tristeza en sí misma es una secuestradora.
    Al principio es horrorosa, no imaginaste nunca algo tan espantoso, tan cruel...
    Y un buen día te percatas de que te has convertido en ella.
    Que, muy poquito a poco, te ha ido transformando y ya no es ella quien te ata.
    Eres tú, que no puedes vivir sin ella. Se ha engarzado en tu piel, en tus entrañas.
    Ha matado parte de tu ser y ahora ha llegado el Síndrome de Estocolmo...
    Que no por ello duele ni un ápice menos...
    Pero, ay, se está tan cómodo en sus brazos mientras te consume...

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