Benditas amígdalas, que de un cuerpo desnudo en la oscuridad y unos dedos crean un recorrido por la calma de los defectos conocidos, recordando aquí y allá dónde se eriza más el alma o el deseo, que al caso vienen a ser similares. Alabadas sean más aún cuando se combinan con el tiempo, dotando de una irrealidad mágica y poderosa a los hechos ya pasados. El despegue de los recuerdos que nos hace creerlos inciertos, la veracidad que se esconde en un rememorar con la yema de los dedos. Rutina preciosa si es sobre las causas de la parada que provocamos sobre el espacio, monotonía de la calidez que se asemeja a otra calidez ya vivida, a otras ganas ya pasadas, a otra confusión que renace en una visión circular del tiempo. Nos conocemos mejor a través del hálito de la calma compartida. Por suerte existen las amígdalas y las palabras para dejar constancia de que existimos más allá de este latido, de este momento de poca lucidez. Y es que a veces no me creo nada de lo ocurrido anteriormente, y me quedo en blanco, aislada, en mitad de la nada, aunque en el fondo de mi ser admito todo y sé que todo fue, soy y será.
Ese mínimo instante de éxtasis que se alza imparable cuando volvemos a comprender el mundo y los recuerdos rememorando con los dedos, con los ojos, con las ganas o con el alma aturdida por el milagro de las cosas ciertas.
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