26 agosto, 2013

Cicatrices.

'Eh, tú, con barba y tristeza de tres o cuatro días', pensé a medias. Y le dejé ir, pues imaginé la respuesta.
'Ojalá, querida, ojalá fueran unos pocos días de dolor en esta alma atormentada'.
Y le vi pasar de largo, sobre el suelo empapado por las primeras tormentas del inicio del otoño. Andaba con pesadez, cargando sueños y partes rotas del alma, con una ridícula gravedad que impedía que quitase mis ojos de sus párpados, cubriendo a medias una mirada oscura y serena; la serenidad del que no tiene nada que perder. 
Y aquí, con el bolígrafo frente al papel soy capaz de imaginarme todas las similitudes de su piel y la mía, acaso dos gotas de agua, una enfrente de otra, diferencias apenas por las cicatrices, por el camino recorrido sin querer queriendo. 
Cuán grises somos capaces de ser a través de una mirada de ojos apagados. La luz bien filtrada, la velocidad del mundo reducida al mínimo, las nubes paseando alegremente. 
'Eh, tú. Muéstrame cómo de ''diferente'' eres de mí, si es que acaso puedes. Que la miseria es eterna y la melancolía endulza esta penumbra', pienso ahora. 
Simulacro de invierno es esta tormenta de verano a través del cristal, simulacro de un septiembre eterno que envenena todo lo que miran estas pupilas dilatadas de espanto calmado. Todo con calma, con la bella certidumbre de respirar mientras el bolígrafo se desliza y se van agotando los pensamientos por expresar, y vuelvo a quedarme en silencio frente a la ventana, con sus gotas que hacen carreras, con su vaho de hálito, con su eternidad muerta. Apago las palabras como quien apaga una luz, y subo el volumen a ese piano lacónico que resuena desde algún rincón de la casa, mezclado con el inconfundible palpitar que se deja oír levemente en su camino hacia un poco de vida, hacia un poco de viento que se cuela por la ventana entreabierta. Me quedo, pues, a oscuras, de nuevo, con estos pensamientos que de nada sirven a la angustia de andar perdidos. 
'Eh, tú, da igual cuántas vidas vivamos, seguiremos siendo iguales. Igualmente frágiles, igualmente  andaremos perdidos.' 

17 agosto, 2013

Amígdalas.

Benditas amígdalas, que de un cuerpo desnudo en la oscuridad y unos dedos crean un recorrido por  la calma de los defectos conocidos, recordando aquí y allá dónde se eriza más el alma o el deseo, que al caso vienen a ser similares. Alabadas sean más aún cuando se combinan con el tiempo, dotando de una irrealidad mágica y poderosa a los hechos ya pasados. El despegue de los recuerdos que nos hace creerlos inciertos, la veracidad que se esconde en un rememorar con la yema de los dedos. Rutina preciosa si es sobre las causas de la parada que provocamos sobre el espacio, monotonía de la calidez que se asemeja a otra calidez ya vivida, a otras ganas ya pasadas, a otra confusión que renace en una visión circular del tiempo. Nos conocemos mejor a través del hálito de la calma compartida. Por suerte existen las amígdalas y las palabras para dejar constancia de que existimos más allá de este latido, de este momento de poca lucidez. Y es que a veces no me creo nada de lo ocurrido anteriormente, y me quedo en blanco, aislada, en mitad de la nada, aunque en el fondo de mi ser admito todo y sé que todo fue, soy y será. 
Ese mínimo instante de éxtasis que se alza imparable cuando volvemos a comprender el mundo y los recuerdos rememorando con los dedos, con los ojos, con las ganas o con el alma aturdida por el milagro de las cosas ciertas. 

11 agosto, 2013

Contradicción.

-Entonces, ¿realmente prefieres la calma, a morir electrocutada, abrasada, por esto que nos corroe las venas? 
Ella sintió un escalofrío, que le paseó por toda la médula espinal, erizando el vello a su paso. Cerró los ojos, notando la respiración de él tras de sí, muy cerca y a la vez muy lejos de su espalda. Tragó saliva y asintió una vez más, menos segura y más temblorosa. Asintió. Separando su alma del caos más profundo. 
-¿Acaso alguien que se precie racional es capaz de preferir morir corroído por una pasión compartida con un alma similar a la bella certidumbre de sobrevivir un poco más disfrutando de la calma? Nada más satisfactorio que poder poner un poco de orden y no añadir delirio a esta contradicción que es la existencia. La desgracia de una persona racional es tener un brillo soñador al fondo de los ojos. No puedo dejar que avives la llama. No quiero que me arrases por dentro, quiero respirar.
'Claro que quiero que me arrases por dentro, a mí y a todo este universo.' 
Una música de brisa tímida se paseaba entre ambos, se descolgaba del pelo de ella para ir a parar a las pestañas de él, desplazándose con dificultad, pues el aire, enrarecido, estaba cargado de súplicas, sueños y protestas, aderezado con la rabia que transportan los témpanos de hielo en su interior más bello y oculto, donde las moléculas más ordenadas están lejos del riesgo de desordenarse, de temblar hasta evaporarse y perderse en la nada. El aire se llevaba las palabras al lugar donde yacen los besos perdidos y las promesas cumplidas a medias; a ese irrisiorio paraíso perdido que nadie reclama, en el que a veces algún loco piensa y al que nadie le importa. Los restos de los recuerdos más ínfimos hacen de colchón para las lágrimas que llegan. El viento, que todo se lo lleva allí, a veces, si sopla enfurecido, no hace más que volver a esparcir todo lo sucio y desordenado por el amplio océano de estas nuestras miserias. 
¿Quién, que se precie persona, no prefiere y preferirá morir a manos de una pasión que le haga arder en el infierno? No existe más deliciosa moneda para Caronte.  
-Pues tú y tu racionalidad podéis iros a la mierda. 
Cenizas, no polvo, es lo que somos. Cenizas de nuestros huesos, de partes del alma que prenden una y otra vez en un ciclo sin fin que dura hasta que el sentido se recobra sobre la línea de la muerte. 
¿Acaso no es la autodestrucción una forma de creación del hombre? ¿Somos acaso algo si no somos capaces de destruirnos? 
Déjame que me vaya con las palabras dando bandazos, porque es lo único que sé hacer.
- La mierda es un lugar bello para mis propósitos de ver cómo te vas alejando de aquí- 'HÚNDEME'. 
-Puedo oír a tu alma gritar, pero supongo que no voy a hacerle caso. Calma, calma, divino regalo de la Providencia para entretenernos tejiendo nuestro orden vital y  condenarlo acto seguido a asfixiarse en las arenas movedizas que nos soportan. Calma, calma para ti y, por suerte, soledad lobuna para todos. 
-De todas formas, ¿sabes? No hay elección posible. Jamás. Sólo algo de suerte y muchos lazos entre el caos y el orden.