30 julio, 2013

Arrastrarse en las horas.

Os voy a contar la historia de la pequeña que tenía miedo a dormir sola. La pequeña no tan pequeña, no tan inocente. Una adicta a la incomodidad, a la pereza de un cuerpo que se acompasa junto a otro, al respirar tranquilo y pausado. Tengo que admitir que la pequeña era una gran amante de la indiscreción, de los grandes secretos revelados sin revelar, durante el día su obsesión eran los huecos en blanco que quedan entre las palabras. Luego llegaba la noche, y cuánta tristeza se extendía sobre su cama, bajo las sábanas, al verse inquieta y sola. Terriblemente sola en una cama muy ancha. 
Hay miedos e inquietudes que uno por sí solo no es capaz de superar. Y ella era de la religión del aire compartido, de las pieles que se tocan, para alcanzar sin hablar y sin ser casi un remanso de paz; una mañana que ha podido librarse de la oscuridad de la noche. 
No es interesante hablar de todas las noches que pasó acompañada, pues todas fueron felices; llenas de ebria locuacidad o de fría calma. El verdadero quid de la cuestión es la incapacidad para dormir sola.
Podía leer, escribir, arrastrarse de un lugar a otro de la ciudad dejando correr las horas bajo el influjo lunar, llorar o gritar. Siempre hay miles de alternativas para calmarse, igual que dicen que el chocolate sirve como sustitutivo del sexo (¿quién inventaría esa chorrada?). Ninguna servía. No había nada que hacer. El tiempo cobraba una relevancia dolorosa en su paso por la habitación, la irracionalidad se la comía; y la pequeña tuvo que reaprender a dormir sola. 

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