17 junio, 2013

Cartas.

Coleccionar cartas de amor es un vicio caro. Cada palabra va aumentando de valor conforme va avanzando sobre el papel y las líneas se van haciendo más prietas y desesperadas. El éxtasis, por supuesto, al final, camuflado bajo un 'Te quiero' que parece lógico y racional sobre el folio, y en realidad no es más que un mundo enloquecido que firma, que se deja ver, que se arrastra bajo un suspiro. 
Gritarle al futuro que tu amor se queda plasmado en palabras, tontas, vanas, dulces quizás, es un precio muy caro para el alma. Es entregar condensado un pedazo de alma y dejar que otro lo custodie, lo queme, lo rompa en mil cachitos ínfimos si acaso le parece. Es terrible saber que quizás después te arrepientas, o que, valorando el pasado, aparezca esa carta, y sólo por la sonrisa tonta que te saque sabrás que mereció la pena ser vulnerable.
Dejar el amor grabado en palabras es muy peligroso, una misión arriesgada sólo para aquellos valientes que se atreven a ser muy débiles y muy fuertes a la vez. Coleccionarlas, por el contrario, es atreverse a llegar al final de cada carta y encontrar ese 'Te quiero', dejarse recorrer por un escalofrío al imaginar unos labios bien cerca del oído, alterando cada nervio del cuerpo y pronunciando palabras estúpidas que bien son capaces de mover el mundo en su aleteo. 

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