Se sentía imparable cuando cogía un lápiz. Podía plasmar el mundo con todas sus miserias y sus delicias en los dibujos. Para ella era un arma y una forma de explicar su visión de cada instante sin palabras. Y, si tal visión no la satisfacía, podía inventar cualquier otra mejor. Para escapar. Para soñar, para relajarse y disfrutar de su propio arte. Parte indispensable de su alma.
Todo comenzó cuando se dio cuenta de cómo se le trababan las palabras, y sus sentimientos quedaban enredados en su lengua sin posibilidad de sobrevivir. Quería hacer algo. Quería poder expresar todo lo que llevaba dentro. Y, sacrificando sus horas y sus ojeras, comenzó a hacerse amiga del papel a cada trazo. Cada dibujo requería un amor, un tiempo y una delicadeza especial. Cada dibujo era único y precioso.
Iba acumulando poco a poco partes de su corazón y su vida en forma de paisajes, retratos, bodegones, animales... Los guardaba en carpetas y sonreía cada vez que pensaba en ellos.
Tenía un sitio especial, una especie de estudio cutre y pequeño que se había permitido alquilar en una sucia esquina de la ciudad. Allí iba para calmarse, para dejar constancia de todo lo que tenía clavado entre ceja y ceja. Era un sitio que nadie atracaría precisamente, mohoso y recóndito. Un sitio cualquiera de las enrevesadas callejuelas del centro. Barato, al fin y al cabo.
Un día, grisáceo y mortecino, se hallaba dibujando el cachito de calle que tenía enfrente, cuando una tímida gota cayó sobre el papel. Alzó la mirada al cielo, y se encontró con nubes que parecían a punto de estallar en llanto y pocas ganas de regresar a casa. Guardó la libreta y los lápices en la mochila, y se dejó acariciar un poco por unas leves gotas, que se deslizaban apasionadamente por sus mejillas, por su pelo, por sus labios tornados en sonrisa leve. Inspiró despacio y echó a andar algo cabizbaja. La gente a su alrededor huía, como si el agua estuviera cargado de ácido, y ella, sólo podía caminar cada vez más despacio, deleitándose instante a instante un poquito más. Notaba una risa loca a punto de salir de su garganta. Se contuvo a pesar de encontrarse casi sola vagando por las calles. Dejó que la poesía fluyera por su cuerpo, la embalsamara y la dejara rozando un callado éxtasis.
Instintivamente, había llegado al portal donde se encontraba su pequeño y húmedo estudio. Entró. Con una mezcla de temor y placer. ¿Se habrían calado las paredes? Tuvo un escalofrío mientras sus ingrávidas pisadas iban rebotando en todas las paredes, perdiéndose en silencio en la oscuridad de aquel lugar. Tuvo un mal presentimiento, una punzada en el pecho.
La lluvia había calado todo el estudio. Los dibujos sangraban tinta dentro de sus carpetas y parecían retorcerse calladamente, chapoteando en el agua que los iba reduciendo a nada poco a poco. Ella permaneció callada. Transformó un grito en un ahogado sollozo y se sentó junto a la puerta. El pelo se le había pegado a la cara, y el rímel formada una cascada semejante a la tinta y el lápiz que se iban despegando del papel, formando ríos que se entremezclaban con la suciedad y el frío que acumulaba el estudio.
Le temblaban un poco las manos y apretó con fuerza los ojos un instante. No parecía más que un mal sueño. En cuanto los abriera, quizás todo aquello desaparecería sin haber sido nunca real. Pero no, allí seguía todo ese estropicio. El agua seguía resbalando por encima del escritorio, salpicando al chocar con el gris suelo. Ostentosa. Todas aquellas gotas parecían reírse al unisono de ella y su frágil alma a trazos.
Tenía dos opciones: asumir que su vida acababa de hundirse hasta el fondo, habiendo perdido lo más valioso de su existencia, o respirar despacio y volver a empezar.
Se levantó con la más difícil de las sonrisas y comenzó a recoger y fregar todo aquello. Todo final es un buen comienzo.