En honor a tu ausencia me paseo por el borde de los abismos. Y en honor a la mía, a mi propia alma vagabunda, me dejo ir en el vaivén del viento álgido y nocturno entre mi nuca y mi cara.
Siempre te he buscado en los rincones más oscuros y recónditos de la conciencia. Incluso en el humo de este cigarro vislumbro tu sombra, hasta en este frío glaciar se dibujan tus dedos sobre mis labios.
Tú, interlocutor mayoremente callado de mis delirios, a quien siempre hablo cuando se me hace un nudo irrompible en la garganta, a quien siempre busco en la oscuridad, es a ti a quien derramo palabras que arden. Tú, inamovible en la punta de mi lengua -en el vértice mismo de mis deseos-. Es tu presencia la que imploro, es tu susurro en el silencio doloroso.
Tú, y a veces yo. A veces es sólo a mí a quien quiero al fondo de mi tristeza más profunda. Y aún así escucho tu nombre.
Clavado a fuego, en el débil -vano- titilar de las estrellas, de los faros de los coches al pasar por mi lado, en la belleza inherente a los ínfimos jadeos que se escapan cuando no queda aire, cuando no logra entrar.