Qué obscena, tu mirada. Qué obscenos tus labios rojos sobre el cigarro agonizante, y qué obsceno el kimono de geisha, entreabierto -tu desnudez-. Qué obscenos tus pies inquietos apoyados sobre el lavabo. Terriblemente obsceno el techo del baño desconchándose tras el humo, y los ojos cerrados suavemente, entre tanta obscenidad, tras la música para masturbarte. Obscenamente grande la copa de vino y el calor de esta noche -tinto, tinto como los ríos de miseria que te recorren como meridianos, de arriba abajo-. Obscena la oscuridad y la soledad -como un manto que arropa-. Obscena la mirada que penetra en mí, que me devuelve el espejo y me interroga sin piedad. Qué obscena y qué ridícula en la inmensidad de preguntas sin respuesta y en la vastedad de tu cuerpo sin dueño, disolviéndose, evaporándose, escapando por las rendijas de la ventana del baño. Qué triste y bonita está, la noche.