10 mayo, 2016

Un jueves cualquiera

Me salgo al balcón, me enciendo el cigarro y comienzo a ver a la gente pasar por la calle. Atarcede. Me siento, miro al cielo. Quizás debería llorar. Pero no me apetece. Quizás debería curarme las heridas, pero me siento incapaz. Quizás debería dejar de escribir enrevesado, pero no sé; o asumir lo que me desgarra, pero la rabia no me deja. Quizás debería ponerme a estudiar y dejarlo todo correr, pero no tengo ganas de ignorar esta tormenta pasiva. Nothing's gonna hurt yiu, baby, me repito. Tal vez lo que tengo que hacer es dejar de autodestruirme, pero eso dolería más aún. Y tampoco sabría cómo. Para qué engañarnos. Vuelvo a pensar que debería llorar... pero me siento tan vacía, tan bien camuflada en la oscuridad que va cayendo y haciéndose noche... Llorar, ¿para qué? Me basta con el insomnio, no hay nada que limpiar en mi interior. Sólo el peso de la apatía, como plomo, que me aisla, que me envuelve, que me mece en la soledad que tanto me gusta y me agobia. 
Que está claro que no sé ser otra cosa que ojos tristes conmigo -para mí, me, conmigo-. ¿Para qué ser más, si es hora de ser sincera?