Amanece un día cualquiera. El frío matinal, escalofríos. El calor del mediodía. El frescor de la tarde. La piel grita, grita sin piedad lo que siente, se amorata, se encabrita, se torna dulce y suave. Y ella, frente al espejo, sabe que debería, al igual que hace su piel, sentir y expresar. Se acaricia las piernas, se mira lentamente, los recovecos bajo el encaje del sujetador, bajo la goma de las bragas. Sus dedos largos, deslizándose, habla con su piel, comunicándose con ella. La penumbra siempre es un extraño escenario para la desidia. La ausencia de cualquier sentimiento excepto desidia. Un día cualquiera, un momento cualquiera, y anestesia. La extrañeza frente al espejo, la laxitud del alma. Un vacío en el pecho para el lugar que deberían ocupar el odio y el miedo, el amor. La conciencia de vacío siempre es cruel. Y, examinándose en el espejo, extrañeza. ¿Por qué hoy? ¿Por qué ahora?