02 enero, 2014

Amalgama de confesiones

'Te conocí al borde del abismo. Sin darme cuenta me mordía las uñas, à la recherche du calme perdu, búscandote entre las nubes grises y los días ennegrecidos por el tiempo invernal. Sin saber qué andaba buscando. Para cuando quería darme cuenta me sangraban los dedos y tú te esfumabas, sin yo saber que habías estado, pero sabiendo que te habías ido. No muy lejos, sólo lo suficiente para que tu mirada invisible siguiera atormentándome un poco mientras mi vida se iba deslizando con un tempo desconocido a mi entendimiento de alma que se arrastra sin más. Sin más iba apareciendo el camino bajo mis pies, sobre tu piel, y yo me sorprendía, regocijado, a cada paso, escrutando con los seis sentidos cada centímetro de tu invisible existencia. Así fue como me perdí en tu ser, bordeando el abismo, oliendo el miedo en mi carne por su cercanía y mi debilidad. 
Sin darme cuenta paulatinamente se me volvió imprescindible el tacto de tus caricias de brisa, de nada, que se enredaban con las nubes que yo observaba desde mi cuaderno arrugado. Me preguntaba cada día cómo acaso podría haber vida más allá de tus confines, y de una poderosa voluntad logré darte forma de mujer. En mi cabeza tu invisibilidad se iba tornando maciza, fuiste resistente y fría como mármol, tus ojos caramelo y tu sonrisa triste. Triste, sí, puesto que tus formas eran mero reflejo de mi atormentada imaginación enjaulada en la realidad. Pero te creé lánguida, y tus tardes las pasabas siempre esperando la puesta de sol  y más tarde tu mirada buscaba las estrellas en el cielo (que durante aquel tiempo fue sólo nuestro). Me asfixiaban las horas observándote sin más, pero no podía hacer otra cosa, pues eras a medida de mis sueños. Te soñé magnética, y así me atrapaste, en la cárcel de tus delicias heladas, te creé carcelera de mi marchito espíritu. Cada minuto mi corazón se estrellaba contra los barrotes que sus propios anhelos habían fabricado para él, y así fue ocurriendo mi asesinato; tú distraída estudiando en los recovecos del horizonte y los minutos atropellándose entre sí. 
Te escabulliste sin más, te fuiste donde había luz, y yo ardí, se derritió todo mi frío, me perdí en la soledad en que la propia alma huye lejos. Te amé como buena cosa imposible que fuiste, y tú, como correspondía, ya te encargaste de quebrarme en mil pedazos, otra vez. Y es que ya me conduzco al ralentí, pues las marchas que mi cansado cuerpo solía utilizar están demasiado rotas, el corazón se arrastra suavemente, y tú, fruto de mis delicias y mis delirios, estás muy lejos de aquí, ignorando estas palabras.'