28 noviembre, 2013

Origen de la melancolía.

'¿Existe acaso una predisposición de ciertos seres por la tristeza? ¿Sería, entonces, la tristeza una forma de éxtasis dichoso?' Eso me he despertado pensando esta mañana. Es la hora del café y sigo absorto pensando en ella, mirando los bucles sin fin del humo del café, viendo a través de él poca cosa aparte de una pared pintada, y observando dentro de su casual y breve existencia el movimiento de mis estúpidas neuronas siempre a la búsqueda de respuestas. ¿Para qué? Para nada, sólo siguiendo la inercia de mi obnubilación por el vacío existencial en estos instantes. Quizás de tanto mirarlo el café acabe por ser la respuesta.
Pienso, cuando logro encauzar los impulsos nerviosos a algo consciente, que sí que existe la tal predisposición que me obsesiona. ¿Cómo podría si no ser feliz arrastrando un otoño helado y eterno tras de mí? Pero, entonces, si esto es así, ¿es esto una enfermedad del alma? 
Y dejo de escrutar el café para pasar a mirar mis pies, con esa grata sorpresa de cada día de descubrir que existo a través de mis ojos. Realmente existo, aunque sólo sea una ilusión que atraviesa mis pupilas. El milagro de ser; el milagro de una simpleza tan extraña que asusta. 
Las palabras como extensión de una nostalgia infinita. Así es como me gustan. Calmadas, ordenadas, siempre a la búsqueda de una melodía que me transporte hacia la más opresora de las melancolías entristecidas. Un pequeño chute de agridulce cordura. 
Es este fin que soy yo el origen de la tristeza más natural. Y es lógico dejar a medias los pensamientos cuando, sorbo a sorbo, el café se termina y el mundo empieza.

13 noviembre, 2013

Tú y yo.

Andabas tras cualquiera, o algo así parecía, tras cualquiera que pudiera ofrecerte un par de versos, que pudiera llenar un rato de tu arrayuelada vida. Pero luego volvías siempre con el rabo entre mis piernas, y eso sí lo sé seguro. Éramos un acento argentino en un falso París. Tú y yo. Una existencia imperfecta, con ese toque único que cualquiera puede tener. Enredados compartimos soledades. Números primos a la deriva. Y nunca pensé ni en un tú ni en un yo, ni en un nosotros ni en nada. Quizás fuera el alcohol, o el tiempo perdido que calmaba nuestras pasiones, nos volvía mansos ante la eternidad de un atardecer infinito sobre los lunares de tu espalda. Fuimos un poco nada, horas a la deriva. Personajes de novela, absurdo invento, gastando la energía en vagar por la existencia.
Tú. Un ente etéreo muy real para mi calma. Podría hacer como si nunca hubieras existido, pues así es en realidad. Exististe siendo tú y no el tú que yo sabía que eras. Mi delirio de una tarde lluviosa. Así te creo, así te olvido. Que no había nada más gratificante que arrastrar los segundos a tu lado. El silencio se nos volvía amable y el aire se escabullía en busca de otra inquietud. Ni tú ni yo mirábamos hacia atrás para regodearnos sobre el tiempo perdido. Éramos un limbo, querido, cuando decidías regresar a mí por cualquier truco de magia, por cualquier deseo que prendía en tu sonrisa. Te confieso que me volví amante del silencio que tú dejabas y de las travesuras que cometí sin ti.
Sin pensar en mí lo llamaste alguna vez amor libre. Yo no le puse nombre alguno, quizás por falta de interés, quizás por esta languidez que obnubila mis ganas de ser con nadie, y menos de ser conmigo. Quizás... impulsos. Fuimos impulsos. Incluso ahora es impulso esto que nos mantiene separados. Fuimos, somos, seremos sin querer queriendo. No lo llames especial. Es este París y esta Rayuela que nos mancha lo que nos hace creer que pudimos ser amor, que podemos serlo o que (quizás) siquiera estas palabras puedan guardar en sus espacios en blanco una especie de sentimiento. Pero déjame decirte que, si somos acaso algo... somos una tarde de lluvia. Un invento extraño en un rato previo al atardecer. Un esporádico sentimiento de nostalgia surgido de la no existencia; tú y yo.
'Todo tiempo pasado siempre fue mejor', reza la memoria este instante que da paso a otro. El dulce futuro que transformamos en pretérito cuando lo pensamos. Y yo te pienso, absurdo invento.